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DÍAS DE PIEDRA

DÍAS DE PIEDRA

DÍAS DE PIEDRA

El Mogote de los Suicidas es uno de los monolitos más icónicos de La Pedriza, una aguja de granito de silueta inconfundible que se eleva de forma aislada sobre el caos de bloques que la rodea. Su perfil estilizado, rematado por una característica “cabeza” inclinada, lo convierte en una de las formaciones más fotogénicas y reconocibles.

El Mogote surge entre placas pulidas y apilamientos graníticos, dominando visualmente todo su entorno. Desde su base, la vista se abre hacia la Pedriza anterior y el valle, ofreciendo una sensación de verticalidad y exposición muy marcada, especialmente en días despejados donde la luz resalta los volúmenes y texturas de la roca.

Su cima, inaccesible a pie, sólo puede alcanzarse mediante escalada, siendo una ascensión clásica dentro de la zona. El descenso se realiza mediante rápel, lo que añade un componente técnico y aventurero a una formación que transmite una gran presencia.

Como Llegar, Ruta y Acceso: El acceso al Mogote de los Suicidas permite además recorrer algunos de los parajes más representativos de La Pedriza. La ruta más habitual parte desde el entorno del Refugio Giner de los Ríos, pasando por el Tolmo, el Collado de la Dehesilla y la Pradera de Navajuélos, en un itinerario muy completo tanto a nivel paisajístico como montañero.

Entorno y fotografía: El Mogote de los Suicidas no sólo es un objetivo para escaladores, sino también un enclave de gran interés para senderistas y fotógrafos, que encuentran en su silueta y en su entorno uno de los mejores ejemplos del modelado granítico de La Pedriza.

Descubrimientos Inesperados

El Árbol


A veces pienso que hay lugares que el destino pone en nuestro camino. Alguna fuerza invisible e incomprensible que nos empuja hacia ellos, como si necesitáramos encontrarlos aunque todavía no sepamos que existen.

Son lugares especiales, no necesariamente por algo concreto, sino por todo lo que los rodea y, sobre todo, por lo que nos hacen sentir. Lugares con los que, sin pretenderlo, terminamos estableciendo un vínculo. Quizá somos nosotros quienes los descubrimos o quizá son ellos los que nos descubren primero. Después permanecen arraigados en algún rincón de nuestra memoria, como una semilla que solo necesita unas gotas de agua para germinar.

En mis días de piedra, recorriendo los senderos de La Pedriza, he encontrado algunos de esos lugares. O quizá, de alguna manera, ellos me han encontrado a mí.

A veces ha sido por el momento en que llegué hasta ellos. Otras, por la forma en que aparecieron ante mí. Algunos me han atraído por lo inalcanzables que parecían y otros, simplemente, por cómo me hacían sentir cuando estaba allí.

Son lugares capaces de erizarme la piel, de arrancarme una sonrisa sin motivo o de provocarme ese pequeño calambre que comienza en la espalda y termina muriendo en la nuca.

Hay dos de ellos que conquistaron mi atención desde el principio.

Había bajado ya varias veces del Yelmo por el Hueco de las Hoces y, en todas y cada una de ellas, me sorprendía la tremenda rotundidad de la pared vertical del Pan de Kilo. Es imposible pasar por allí sin detenerse un momento ante aquella colosal mole de piedra.

Pero, curiosamente, mi atención siempre terminaba desviándose hacia un pequeño árbol que se asomaba al vacío, muy cerca ya de la cima plana del enorme risco.

Me preguntaba cómo vería el mundo desde allí arriba.

Mientras lo contemplaba desde el camino, imaginaba lo que debía sentirse al estar junto a él, al mirar desde aquel lugar hacia el vacío y hacia todo lo que se extendía más allá. Lamentablemente la escalada no era precisamente una de mis virtudes. Aquel pequeño rincón quedaba, por tanto, fuera de mi alcance.

Yo seguía pasando por debajo. El árbol seguía allí arriba.

✦   ✦   ✦

Con el paso del tiempo y de las rutas, fui atreviéndome a buscar algunos de aquellos riscos y canchos cuyos nombres míticos habían resonado durante años en mi escasa cultura pedricera.

Unos aparecían en los mapas, otros en fotografías y algunos simplemente en conversaciones entre quienes conocían la Pedriza mejor que yo.

Así fue como una mañana de esas que terminan convirtiéndose en inolvidables decidí apostar por un lugar poco conocido cuyo nombre me parecía insolentemente atractivo: el Jardín Prohibido.

No había visto muchas fotografías. De hecho, encontré muy pocas. Pero las que pude estudiar prometían una experiencia interesante.

Y recuerdo que me pregunté si aquel jardín estaría también prohibido para mí o si, por una vez, decidiría darme permiso para visitarlo.

No me costó más de lo esperado encontrar la entrada.

Escondida entre arbustos y rocas una amplia puerta, flanqueada por descomunales riscos y dos grandes árboles, uno a cada lado, parecía marcar el comienzo de aquel pequeño mundo escondido.

Con cierta solemnidad me introduje despacio en ese espacio prohibido.

Era una pequeña placita de hierba recogida entre paredes de piedra, cerrada al fondo por bloques desparramados de diferentes tamaños. Un lugar íntimo, escondido, de esos que parecen existir al margen de todo lo que sucede unos metros más allá.

Me dirigí hacia el fondo buscando el final del jardín. Después de atravesar un estrecho callejón por el que apenas pude pasar de lado, apareció ante mí una entrada rectangular perfectamente esculpida en la piedra.

Entrada al Jardín Prohibido

Al otro lado había un pequeño espacio de suelo mitad herboso y mitad arenoso.

Y justo al final, como si estuviera allí para avisar del peligro, un pequeño y precioso árbol había echado sus raíces en el borde mismo del abismo.

Durante unos segundos me quedé mirándolo sin entender del todo lo que estaba ocurriendo.

Aquel árbol no me era desconocido.

El árbol del Pan de Kilo.

El mismo que durante años había contemplado desde abajo, preguntándome cómo vería el mundo desde allí arriba.

La emoción habría debido hacerme brotar alguna de esas lágrimas que nacen sin avisar cuando la felicidad encuentra un lugar por donde salir.

Pero no. Lo que surgió fue la risa. Me reí de mí mismo.

Me imaginé allí abajo, tantos años atrás, mirando hacia el Pan de Kilo y aquel pequeño árbol y preguntándome cómo sería estar junto a él.

Y allí estaba. Había llegado hasta el otro lado sin saber siquiera que aquel lugar escondido me llevaría precisamente hasta donde siempre había querido llegar.

Me senté con la espalda apoyada en la pared, frente al árbol.

Y permanecí allí durante mucho tiempo. Sin hacer nada. Solo mirando.

Intentando ver el mundo como lo ve aquel árbol desde ahí arriba y preguntándome si aquello había sido solo pura casualidad o si, en algún otro rincón de La Pedriza, me aguardaría aún algún descubrimiento inesperado…….

Descubrimientos Inesperados

El Árbol


A veces pienso que hay lugares que el destino pone en nuestro camino. Alguna fuerza invisible e incomprensible que nos empuja hacia ellos, como si necesitáramos encontrarlos aunque todavía no sepamos que existen.

Son lugares especiales, no necesariamente por algo concreto, sino por todo lo que los rodea y, sobre todo, por lo que nos hacen sentir. Lugares con los que, sin pretenderlo, terminamos estableciendo un vínculo. Quizá somos nosotros quienes los descubrimos o quizá son ellos los que nos descubren primero. Después permanecen arraigados en algún rincón de nuestra memoria, como una semilla que solo necesita unas gotas de agua para germinar.

En mis días de piedra, recorriendo los senderos de La Pedriza, he encontrado algunos de esos lugares. O quizá, de alguna manera, ellos me han encontrado a mí.

A veces ha sido por el momento en que llegué hasta ellos. Otras, por la forma en que aparecieron ante mí. Algunos me han atraído por lo inalcanzables que parecían y otros, simplemente, por cómo me hacían sentir cuando estaba allí.

Son lugares capaces de erizarme la piel, de arrancarme una sonrisa sin motivo o de provocarme ese pequeño calambre que comienza en la espalda y termina muriendo en la nuca.

Hay dos de ellos que conquistaron mi atención desde el principio.

Había bajado ya varias veces del Yelmo por el Hueco de las Hoces y, en todas y cada una de ellas, me sorprendía la tremenda rotundidad de la pared vertical del Pan de Kilo. Es imposible pasar por allí sin detenerse un momento ante aquella colosal mole de piedra.

Pero, curiosamente, mi atención siempre terminaba desviándose hacia un pequeño árbol que se asomaba al vacío, muy cerca ya de la cima plana del enorme risco.

Me preguntaba cómo vería el mundo desde allí arriba.

Mientras lo contemplaba desde el camino, imaginaba lo que debía sentirse al estar junto a él, al mirar desde aquel lugar hacia el vacío y hacia todo lo que se extendía más allá. Lamentablemente la escalada no era precisamente una de mis virtudes. Aquel pequeño rincón quedaba, por tanto, fuera de mi alcance.

Yo seguía pasando por debajo. El árbol seguía allí arriba.

✦   ✦   ✦

Con el paso del tiempo y de las rutas, fui atreviéndome a buscar algunos de aquellos riscos y canchos cuyos nombres míticos habían resonado durante años en mi escasa cultura pedricera.

Unos aparecían en los mapas, otros en fotografías y algunos simplemente en conversaciones entre quienes conocían la Pedriza mejor que yo.

Así fue como una mañana de esas que terminan convirtiéndose en inolvidables decidí apostar por un lugar poco conocido cuyo nombre me parecía insolentemente atractivo: el Jardín Prohibido.

No había visto muchas fotografías. De hecho, encontré muy pocas. Pero las que pude estudiar prometían una experiencia interesante.

Y recuerdo que me pregunté si aquel jardín estaría también prohibido para mí o si, por una vez, decidiría darme permiso para visitarlo.

No me costó más de lo esperado encontrar la entrada.

Escondida entre arbustos y rocas una amplia puerta, flanqueada por descomunales riscos y dos grandes árboles, uno a cada lado, parecía marcar el comienzo de aquel pequeño mundo escondido.

Con cierta solemnidad me introduje despacio en ese espacio prohibido.

Era una pequeña placita de hierba recogida entre paredes de piedra, cerrada al fondo por bloques desparramados de diferentes tamaños. Un lugar íntimo, escondido, de esos que parecen existir al margen de todo lo que sucede unos metros más allá.

Me dirigí hacia el fondo buscando el final del jardín. Después de atravesar un estrecho callejón por el que apenas pude pasar de lado, apareció ante mí una entrada rectangular perfectamente esculpida en la piedra.

Entrada al Jardín Prohibido

Al otro lado había un pequeño espacio de suelo mitad herboso y mitad arenoso.

Y justo al final, como si estuviera allí para avisar del peligro, un pequeño y precioso árbol había echado sus raíces en el borde mismo del abismo.

Durante unos segundos me quedé mirándolo sin entender del todo lo que estaba ocurriendo.

Aquel árbol no me era desconocido.

El árbol del Pan de Kilo.

El mismo que durante años había contemplado desde abajo, preguntándome cómo vería el mundo desde allí arriba.

La emoción habría debido hacerme brotar alguna de esas lágrimas que nacen sin avisar cuando la felicidad encuentra un lugar por donde salir.

Pero no. Lo que surgió fue la risa. Me reí de mí mismo.

Me imaginé allí abajo, tantos años atrás, mirando hacia el Pan de Kilo y aquel pequeño árbol y preguntándome cómo sería estar junto a él.

Y allí estaba. Había llegado hasta el otro lado sin saber siquiera que aquel lugar escondido me llevaría precisamente hasta donde siempre había querido llegar.

Me senté con la espalda apoyada en la pared, frente al árbol.

Y permanecí allí durante mucho tiempo. Sin hacer nada. Solo mirando.

Intentando ver el mundo como lo ve aquel árbol desde ahí arriba y preguntándome si aquello había sido solo pura casualidad o si, en algún otro rincón de La Pedriza, me aguardaría aún algún descubrimiento inesperado…….

Descubrimientos Inesperados

El Árbol


A veces pienso que hay lugares que el destino pone en nuestro camino. Alguna fuerza invisible e incomprensible que nos empuja hacia ellos, como si necesitáramos encontrarlos aunque todavía no sepamos que existen.

Son lugares especiales, no necesariamente por algo concreto, sino por todo lo que los rodea y, sobre todo, por lo que nos hacen sentir. Lugares con los que, sin pretenderlo, terminamos estableciendo un vínculo. Quizá somos nosotros quienes los descubrimos o quizá son ellos los que nos descubren primero. Después permanecen arraigados en algún rincón de nuestra memoria, como una semilla que solo necesita unas gotas de agua para germinar.

En mis días de piedra, recorriendo los senderos de La Pedriza, he encontrado algunos de esos lugares. O quizá, de alguna manera, ellos me han encontrado a mí.

A veces ha sido por el momento en que llegué hasta ellos. Otras, por la forma en que aparecieron ante mí. Algunos me han atraído por lo inalcanzables que parecían y otros, simplemente, por cómo me hacían sentir cuando estaba allí.

Son lugares capaces de erizarme la piel, de arrancarme una sonrisa sin motivo o de provocarme ese pequeño calambre que comienza en la espalda y termina muriendo en la nuca.

Hay dos de ellos que conquistaron mi atención desde el principio.

Había bajado ya varias veces del Yelmo por el Hueco de las Hoces y, en todas y cada una de ellas, me sorprendía la tremenda rotundidad de la pared vertical del Pan de Kilo. Es imposible pasar por allí sin detenerse un momento ante aquella colosal mole de piedra.

Pero, curiosamente, mi atención siempre terminaba desviándose hacia un pequeño árbol que se asomaba al vacío, muy cerca ya de la cima plana del enorme risco.

Me preguntaba cómo vería el mundo desde allí arriba.

Mientras lo contemplaba desde el camino, imaginaba lo que debía sentirse al estar junto a él, al mirar desde aquel lugar hacia el vacío y hacia todo lo que se extendía más allá. Lamentablemente la escalada no era precisamente una de mis virtudes. Aquel pequeño rincón quedaba, por tanto, fuera de mi alcance.

Yo seguía pasando por debajo. El árbol seguía allí arriba.

✦   ✦   ✦

Con el paso del tiempo y de las rutas, fui atreviéndome a buscar algunos de aquellos riscos y canchos cuyos nombres míticos habían resonado durante años en mi escasa cultura pedricera.

Unos aparecían en los mapas, otros en fotografías y algunos simplemente en conversaciones entre quienes conocían la Pedriza mejor que yo.

Así fue como una mañana de esas que terminan convirtiéndose en inolvidables decidí apostar por un lugar poco conocido cuyo nombre me parecía insolentemente atractivo: el Jardín Prohibido.

No había visto muchas fotografías. De hecho, encontré muy pocas. Pero las que pude estudiar prometían una experiencia interesante.

Y recuerdo que me pregunté si aquel jardín estaría también prohibido para mí o si, por una vez, decidiría darme permiso para visitarlo.

No me costó más de lo esperado encontrar la entrada.

Escondida entre arbustos y rocas una amplia puerta, flanqueada por descomunales riscos y dos grandes árboles, uno a cada lado, parecía marcar el comienzo de aquel pequeño mundo escondido.

Con cierta solemnidad me introduje despacio en ese espacio prohibido.

Era una pequeña placita de hierba recogida entre paredes de piedra, cerrada al fondo por bloques desparramados de diferentes tamaños. Un lugar íntimo, escondido, de esos que parecen existir al margen de todo lo que sucede unos metros más allá.

Me dirigí hacia el fondo buscando el final del jardín. Después de atravesar un estrecho callejón por el que apenas pude pasar de lado, apareció ante mí una entrada rectangular perfectamente esculpida en la piedra.

Entrada al Jardín Prohibido

Al otro lado había un pequeño espacio de suelo mitad herboso y mitad arenoso.

Y justo al final, como si estuviera allí para avisar del peligro, un pequeño y precioso árbol había echado sus raíces en el borde mismo del abismo.

Durante unos segundos me quedé mirándolo sin entender del todo lo que estaba ocurriendo.

Aquel árbol no me era desconocido.

El árbol del Pan de Kilo.

El mismo que durante años había contemplado desde abajo, preguntándome cómo vería el mundo desde allí arriba.

La emoción habría debido hacerme brotar alguna de esas lágrimas que nacen sin avisar cuando la felicidad encuentra un lugar por donde salir.

Pero no. Lo que surgió fue la risa. Me reí de mí mismo.

Me imaginé allí abajo, tantos años atrás, mirando hacia el Pan de Kilo y aquel pequeño árbol y preguntándome cómo sería estar junto a él.

Y allí estaba. Había llegado hasta el otro lado sin saber siquiera que aquel lugar escondido me llevaría precisamente hasta donde siempre había querido llegar.

Me senté con la espalda apoyada en la pared, frente al árbol.

Y permanecí allí durante mucho tiempo. Sin hacer nada. Solo mirando.

Intentando ver el mundo como lo ve aquel árbol desde ahí arriba y preguntándome si aquello había sido solo pura casualidad o si, en algún otro rincón de La Pedriza, me aguardaría aún algún descubrimiento inesperado…….

El Mogote de los Suicidas es uno de los monolitos más icónicos de La Pedriza, una aguja de granito de silueta inconfundible que se eleva de forma aislada sobre el caos de bloques que la rodea. Su perfil estilizado, rematado por una característica “cabeza” inclinada, lo convierte en una de las formaciones más fotogénicas y reconocibles.

El Mogote surge entre placas pulidas y apilamientos graníticos, dominando visualmente todo su entorno. Desde su base, la vista se abre hacia la Pedriza anterior y el valle, ofreciendo una sensación de verticalidad y exposición muy marcada, especialmente en días despejados donde la luz resalta los volúmenes y texturas de la roca.

Su cima, inaccesible a pie, sólo puede alcanzarse mediante escalada, siendo una ascensión clásica dentro de la zona. El descenso se realiza mediante rápel, lo que añade un componente técnico y aventurero a una formación que transmite una gran presencia.

Como Llegar, Ruta y Acceso: El acceso al Mogote de los Suicidas permite además recorrer algunos de los parajes más representativos de La Pedriza. La ruta más habitual parte desde el entorno del Refugio Giner de los Ríos, pasando por el Tolmo, el Collado de la Dehesilla y la Pradera de Navajuélos, en un itinerario muy completo tanto a nivel paisajístico como montañero.

Entorno y fotografía: El Mogote de los Suicidas no sólo es un objetivo para escaladores, sino también un enclave de gran interés para senderistas y fotógrafos, que encuentran en su silueta y en su entorno uno de los mejores ejemplos del modelado granítico de La Pedriza.


El Mogote de los Suicidas es uno de los monolitos más icónicos de La Pedriza, una aguja de granito de silueta inconfundible que se eleva de forma aislada sobre el caos de bloques que la rodea. Su perfil estilizado, rematado por una característica “cabeza” inclinada, lo convierte en una de las formaciones más fotogénicas y reconocibles.

El Mogote surge entre placas pulidas y apilamientos graníticos, dominando visualmente todo su entorno. Desde su base, la vista se abre hacia la Pedriza anterior y el valle, ofreciendo una sensación de verticalidad y exposición muy marcada, especialmente en días despejados donde la luz resalta los volúmenes y texturas de la roca.

Su cima, inaccesible a pie, sólo puede alcanzarse mediante escalada, siendo una ascensión clásica dentro de la zona. El descenso se realiza mediante rápel, lo que añade un componente técnico y aventurero a una formación que transmite una gran presencia.

Como Llegar, Ruta y Acceso: El acceso al Mogote de los Suicidas permite además recorrer algunos de los parajes más representativos de La Pedriza. La ruta más habitual parte desde el entorno del Refugio Giner de los Ríos, pasando por el Tolmo, el Collado de la Dehesilla y la Pradera de Navajuélos, en un itinerario muy completo tanto a nivel paisajístico como montañero.

Entorno y fotografía: El Mogote de los Suicidas no sólo es un objetivo para escaladores, sino también un enclave de gran interés para senderistas y fotógrafos, que encuentran en su silueta y en su entorno uno de los mejores ejemplos del modelado granítico de La Pedriza.