EL MAESTRO
En mis primeras salidas todo parecía igual. Un caos de piedra, jara y enormes riscos donde me resultaba imposible distinguir un paso de otro. Bastante tenía con dejarme llevar por los compañeros con más experiencia y tratar de seguir su ritmo para no convertirme en un lastre.
Por qué unas veces giraban a la izquierda y otras seguían de frente era un auténtico misterio para mí. Entendía las sendas, los hitos de piedra o las marcas de pintura, pero cuando desaparecían de mi vista me preguntaba si aquellas decisiones nacían del recuerdo de rutas anteriores o de una simple intuición.
Ahora sé que la respuesta es mucho más compleja.

Es una mezcla de memoria, orientación, intuición y, sobre todo, de comprensión.
Después de tantas sendas recorridas, aprendidas, olvidadas, descubiertas y redescubiertas, uno acaba aprendiendo a dialogar con el camino, con el granito, con el bosque y también con su propia memoria.
Y no es que ese conocimiento sea infalible, ni mucho menos. Al contrario. Precisamente cuanto más conoces la montaña, más consciente eres de todo lo que todavía puede sorprenderte. Aprendes que siempre es mejor pecar de prudencia que de soberbia.
Es un aprendizaje severo, a veces doloroso, pero siempre justo.
Volver a subir una pendiente cuando las fuerzas ya escasean porque elegiste el desvío equivocado, o quedar atrapado en una ladera dominada por la jara por la terquedad de seguir adelante cuando el camino había desaparecido, te hace maldecir una y otra vez. Pero también te pone en tu sitio y te graba la lección a hierro y fuego.
Después de eso entiendes que la humildad es la mejor compañera.

Cuántas veces he dado media vuelta porque algo me decía que aquella no era la dirección correcta. No era la subida que esperaba. No era la salida del bosque que recordaba. No había un cartel que lo indicara; simplemente lo sabía.
Incluso en sendas recorridas decenas de veces aparecen las dudas. La memoria y la intuición pueden entrar en conflicto y obligarte a decidir entre seguir adelante o regresar hasta el último hito para volver a orientarte.

Ese aprendizaje con el granito, con las sendas y con los bosques también ha ido moldeando mi carácter y la forma en que afronto los problemas cotidianos.
He aprendido que algunas rampas sólo se superan sufriendo. Que, a veces, hay que retroceder para encontrar el camino correcto. Que existen riscos que parecen infranqueables hasta que descubres el paso adecuado. Y que, casi siempre, las jornadas más duras terminan siendo las que recuerdas con más cariño.

También he aprendido a interpretar pequeñas señales que antes pasaban completamente desapercibidas: cómo afrontar una placa lisa, cuándo desconfiar de una piedra cubierta de musgo, si una grieta ofrece un paso seguro o puede convertirse en una trampa, qué sombras son un refugio en pleno verano o qué estrechos callejones terminan por liberarte… o encerrarte.

La roca tiene su propio lenguaje.
Un lenguaje que moldea la atención, que obliga a estar presente, a escuchar con las manos, a comprobar la adherencia bajo las botas antes de confiar el siguiente paso. Un lenguaje que no se aprende en un mapa ni en un libro, sino caminando, equivocándose y regresando una y otra vez.
Con el tiempo descubres que ese lenguaje no sólo sirve para recorrer mejor la montaña. También acaba enseñándote a caminar mejor por la vida.
Y aun así, cada vez que vuelvo, siempre tiene algo nuevo que enseñarme.

