Abrí los ojos.
La primera luz de la mañana me devolvió de ese lugar desconocido al que viajamos mientras dormimos. Durante unos instantes no supe si seguía soñando. A mi alrededor solo habia riscos de granito y el único sonido era el de los pequeños pájaros que jugueteaban con el día recién nacido.
Entonces recordé.
La tarde anterior había subido hasta Las Torres y, rodeándolas, había llegado al Cancho de los Gavilanes.
Era ese momento del día en que la montaña empieza a vaciarse y vuelve a quedarse sola consigo misma. Poder permanecer allí cuando ya no queda nadie despertó en mí una sensación difícil de explicar: una profunda intimidad, un sentimiento de pertenencia, como si formara parte del lugar, como si aquel rincón del mundo fuera mi hogar.
Acondicioné un poco el suelo, extendí la esterilla, preparé el saco y me senté a cenar mientras el sol se despedía lentamente y el paisaje comenzaba a perder sus colores. Durante ese intervalo que separa la última luz de la oscuridad, los sonidos del día fueron apagándose uno tras otro y apareció el primer lucero. Entonces recordé, con una sonrisa, a quienes me preguntaban qué hacía solo, perdido entre las piedras. Nunca había sabido responderles. Quizá porque la respuesta no cabe en unas palabras.
Solo sabía que estaba alli… otra vez.
El silencio me llevó a divagar. Los pensamientos fueron saltando sin rumbo desde recuerdos lejanos hasta presentes imaginarios y, de éstos, a futuros improbables. Mientras tanto, el frescor de la noche y el cansancio acumulado en las piernas fueron ganando terreno. Finalmente me deslicé dentro del saco para disfrutar de la mejor cama que pueda existir.
Sobre mí, miles de estrellas, grandes y pequeñas, fueron silenciando la mente. Reclamaban toda mi atención y la consiguieron. Poco a poco, todo lo demás dejó de importar.
No quería dormir.
Quería seguir vagando entre piedras y estrellas.
Porque ya sabía que aquel momento nunca volvería a repetirse de la misma manera y deseaba guardarlo para siempre, intacto, en algún rincón de la memoria. Pero el sueño es un consumado raptor. Siempre espera pacientemente el primer descuido para apagar las luces y llevarte a un lugar que solo él conoce.
Cuando el primer sol asomó entre los riscos abandoné el saco. Recogí todo con calma, dejé el suelo exactamente como lo había encontrado y preparé ese desayuno que sabe a montaña y granito, a cielo limpio, aire fresco y brisa en la cara; un desayuno con sabor a día inolvidable.
Comencé a caminar sin pensarlo. No tenía planes para aquel día, solo dejarme llevar por la senda que quisiera bajarme de nuevo al mundanal ruido. Si podía ser, la más larga, mejor.
Regresaba a mi otra casa.

