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DÍAS DE PIEDRA

DÍAS DE PIEDRA

DÍAS DE PIEDRA

El Mogote de los Suicidas es uno de los monolitos más icónicos de La Pedriza, una aguja de granito de silueta inconfundible que se eleva de forma aislada sobre el caos de bloques que la rodea. Su perfil estilizado, rematado por una característica “cabeza” inclinada, lo convierte en una de las formaciones más fotogénicas y reconocibles.

El Mogote surge entre placas pulidas y apilamientos graníticos, dominando visualmente todo su entorno. Desde su base, la vista se abre hacia la Pedriza anterior y el valle, ofreciendo una sensación de verticalidad y exposición muy marcada, especialmente en días despejados donde la luz resalta los volúmenes y texturas de la roca.

Su cima, inaccesible a pie, sólo puede alcanzarse mediante escalada, siendo una ascensión clásica dentro de la zona. El descenso se realiza mediante rápel, lo que añade un componente técnico y aventurero a una formación que transmite una gran presencia.

Como Llegar, Ruta y Acceso: El acceso al Mogote de los Suicidas permite además recorrer algunos de los parajes más representativos de La Pedriza. La ruta más habitual parte desde el entorno del Refugio Giner de los Ríos, pasando por el Tolmo, el Collado de la Dehesilla y la Pradera de Navajuélos, en un itinerario muy completo tanto a nivel paisajístico como montañero.

Entorno y fotografía: El Mogote de los Suicidas no sólo es un objetivo para escaladores, sino también un enclave de gran interés para senderistas y fotógrafos, que encuentran en su silueta y en su entorno uno de los mejores ejemplos del modelado granítico de La Pedriza.

AQUEL PRIMER DÍA

 

Hay lugares que uno aprende a querer con el paso de los años mientras que otros te cambian la vida en el mismo instante en que los pisas.

La primera vez que caminé entre las rocas de La Pedriza fue hace ya más de treinta años. Mientras avanzábamos por el sendero tuve la sensación de que acababa de encontrar un lugar al que volvería una y otra vez durante el resto de mi vida.

Era un día de invierno.

Cuatro amigos cargados con mucha ilusión y ninguna experiencia. Tomamos el autobús hasta Manzanares el Real y comenzamos a caminar hacia El Tranco.

Mientras Ramón soltaba alguna de sus frases lapidarias, Valen cerraba la marcha con un macuto gigantesco. Parecía haber metido dentro todo lo necesario para sobrevivir un mes en el Himalaya. Cantimplora, aislante, cacharros de cocina… colgaban por fuera como si el pobre macuto fuera a desintegrarse en cualquier momento. Eso sí, una vez arriba preparó los mejores espaguetis boloñesa que jamás haya probado.

AQUEL PRIMER DÍA

 

Hay lugares que uno aprende a querer con el paso de los años mientras que otros te cambian la vida en el mismo instante en que los pisas.

La primera vez que caminé entre las rocas de La Pedriza fue hace ya más de treinta años. Mientras avanzábamos por el sendero tuve la sensación de que acababa de encontrar un lugar al que volvería una y otra vez durante el resto de mi vida.

Era un día de invierno.

Cuatro amigos cargados con mucha ilusión y ninguna experiencia. Tomamos el autobús hasta Manzanares el Real y comenzamos a caminar hacia El Tranco.

Mientras Ramón soltaba alguna de sus frases lapidarias, Valen cerraba la marcha con un macuto gigantesco. Parecía haber metido dentro todo lo necesario para sobrevivir un mes en el Himalaya. Cantimplora, aislante, cacharros de cocina… colgaban por fuera como si el pobre macuto fuera a desintegrarse en cualquier momento. Eso sí, una vez arriba preparó los mejores espaguetis boloñesa que jamás haya probado.

AQUEL PRIMER DÍA

 

Hay lugares que uno aprende a querer con el paso de los años mientras que otros te cambian la vida en el mismo instante en que los pisas.

La primera vez que caminé entre las rocas de La Pedriza fue hace ya más de treinta años. Mientras avanzábamos por el sendero tuve la sensación de que acababa de encontrar un lugar al que volvería una y otra vez durante el resto de mi vida.

Era un día de invierno.

Cuatro amigos cargados con mucha ilusión y ninguna experiencia. Tomamos el autobús hasta Manzanares el Real y comenzamos a caminar hacia El Tranco.

Mientras Ramón soltaba alguna de sus frases lapidarias, Valen cerraba la marcha con un macuto gigantesco. Parecía haber metido dentro todo lo necesario para sobrevivir un mes en el Himalaya. Cantimplora, aislante, cacharros de cocina… colgaban por fuera como si el pobre macuto fuera a desintegrarse en cualquier momento. Eso sí, una vez arriba preparó los mejores espaguetis boloñesa que jamás haya probado.

Mi preparación también dejaba mucho que desear.

Mi equipación consistía en unos vaqueros, una sudadera gruesa y las botas de la mili de mi padre que a media subida ya me habían regalado dos inmensas ampollas y un dolor que me acompañaría el resto del camino. Hoy resulta casi impensable salir así a la montaña, pero entonces ni el material ni la información estaban al alcance de cualquiera. Íbamos con lo que teníamos y con unas ganas inmensas de descubrir el mundo.

En Casa Julián hicimos una breve parada para tomar un café y fue entonces cuando comenzó a nevar.

Aún puedo cerrar los ojos y ver aquella ventana con las rejas en forma de rombo, medio cubierta por la nieve, mientras los copos caían lentamente al otro lado del cristal.

Mi preparación también dejaba mucho que desear.

Mi equipación consistía en unos vaqueros, una sudadera gruesa y las botas de la mili de mi padre que a media subida ya me habían regalado dos inmensas ampollas y un dolor que me acompañaría el resto del camino. Hoy resulta casi impensable salir así a la montaña, pero entonces ni el material ni la información estaban al alcance de cualquiera. Íbamos con lo que teníamos y con unas ganas inmensas de descubrir el mundo.

En Casa Julián hicimos una breve parada para tomar un café y fue entonces cuando comenzó a nevar.

Aún puedo cerrar los ojos y ver aquella ventana con las rejas en forma de rombo, medio cubierta por la nieve, mientras los copos caían lentamente al otro lado del cristal.

Hay recuerdos que permanecen intactos durante toda una vida.

Cuando salimos, la nieve empezaba a borrar el sendero y las primeras moles de granito aparecían entre la bruma como si hubieran estado esperándonos desde siempre.

Seguimos ascendiendo por la senda que parte desde El Tranco hacia la Gran Cañada. El Pi, con un macuto de bolsillo, no dejaba de repetir que un amigo suyo había subido en menos de dos horas y nos animaba a apretar el paso. Nosotros apenas podíamos seguirle entre el peso de las mochilas, las ampollas y los vaqueros empapados. Pero todo eso dejaba de importar cada vez que levantábamos la vista. A nuestro alrededor aparecían bloques de granito de formas imposibles, como si un gigante caprichoso los hubiera ido abandonando por la montaña.

Un aire denso e inmóvil solo dejaba pasar el silencio.

Aquella tarde montamos una vieja tienda canadiense que nos habían prestado en la Universidad Popular de Alcorcón. La habíamos repartido entre los cuatro porque cargarla entera habría acabado con cualquiera.

Encendimos una pequeña hoguera (por entonces no estaba prohibido) al abrigo del viento y cenamos salchichas que asamos ensartadas en un palo; Ramón lo bautizó como el «salchichómetro».

No recuerdo si aquellas salchichas estaban realmente buenas o simplemente sabían a libertad.

Después llegaron el whisky compartido, las risas comparando el diminuto macuto del Pi con el de Valen, la conversación interminable y ese cielo limpio que entonces todavía parecía infinito.

Hay recuerdos que permanecen intactos durante toda una vida.

Cuando salimos, la nieve empezaba a borrar el sendero y las primeras moles de granito aparecían entre la bruma como si hubieran estado esperándonos desde siempre.

Seguimos ascendiendo por la senda que parte desde El Tranco hacia la Gran Cañada. El Pi, con un macuto de bolsillo, no dejaba de repetir que un amigo suyo había subido en menos de dos horas y nos animaba a apretar el paso. Nosotros apenas podíamos seguirle entre el peso de las mochilas, las ampollas y los vaqueros empapados. Pero todo eso dejaba de importar cada vez que levantábamos la vista. A nuestro alrededor aparecían bloques de granito de formas imposibles, como si un gigante caprichoso los hubiera ido abandonando por la montaña.

Un aire denso e inmóvil solo dejaba pasar el silencio.

Aquella tarde montamos una vieja tienda canadiense que nos habían prestado en la Universidad Popular de Alcorcón. La habíamos repartido entre los cuatro porque cargarla entera habría acabado con cualquiera.

Encendimos una pequeña hoguera (por entonces no estaba prohibido) al abrigo del viento y cenamos salchichas que asamos ensartadas en un palo; Ramón lo bautizó como el «salchichómetro».

No recuerdo si aquellas salchichas estaban realmente buenas o simplemente sabían a libertad.

Después llegaron el whisky compartido, las risas comparando el diminuto macuto del Pi con el de Valen, la conversación interminable y ese cielo limpio que entonces todavía parecía infinito.

La noche nos enseño que la montaña siempre tiene la última palabra. Las varillas de la tienda comenzaron a crujir. Poco después, un temporal de viento y nieve la sacudía con tanta violencia que apenas pudimos dormir. En mitad del vendaval, el Pi decidió que dormir desnudo dentro del saco quizá no había sido la mejor de las ideas. Estaba convencido de que, si la canadiense salía volando, nosotros escaparíamos y él se quedaría allí, completamente en pelotas, congelándose entre las rocas.

Todavía hoy me río al recordarlo.

He vuelto cientos de veces. He recorrido sus riscos en primavera, bajo el sol del verano, entre las nieblas del otoño y las nieves del invierno. Sin embargo, ninguna de aquellas visitas consiguió devolverme exactamente la emoción de la primera.

Porque aquel invierno no solo descubrí una montaña. Encontré un lugar al que siempre he sentido que pertenezco.

Pocos lugares y tiempos como aquel, bajo un cielo de verdad.

La noche nos enseño que la montaña siempre tiene la última palabra. Las varillas de la tienda comenzaron a crujir. Poco después, un temporal de viento y nieve la sacudía con tanta violencia que apenas pudimos dormir. En mitad del vendaval, el Pi decidió que dormir desnudo dentro del saco quizá no había sido la mejor de las ideas. Estaba convencido de que, si la canadiense salía volando, nosotros escaparíamos y él se quedaría allí, completamente en pelotas, congelándose entre las rocas.

Todavía hoy me río al recordarlo.

He vuelto cientos de veces. He recorrido sus riscos en primavera, bajo el sol del verano, entre las nieblas del otoño y las nieves del invierno. Sin embargo, ninguna de aquellas visitas consiguió devolverme exactamente la emoción de la primera.

Porque aquel invierno no solo descubrí una montaña. Encontré un lugar al que siempre he sentido que pertenezco.

Pocos lugares y tiempos como aquel, bajo un cielo de verdad.


El Mogote de los Suicidas es uno de los monolitos más icónicos de La Pedriza, una aguja de granito de silueta inconfundible que se eleva de forma aislada sobre el caos de bloques que la rodea. Su perfil estilizado, rematado por una característica “cabeza” inclinada, lo convierte en una de las formaciones más fotogénicas y reconocibles.

El Mogote surge entre placas pulidas y apilamientos graníticos, dominando visualmente todo su entorno. Desde su base, la vista se abre hacia la Pedriza anterior y el valle, ofreciendo una sensación de verticalidad y exposición muy marcada, especialmente en días despejados donde la luz resalta los volúmenes y texturas de la roca.

Su cima, inaccesible a pie, sólo puede alcanzarse mediante escalada, siendo una ascensión clásica dentro de la zona. El descenso se realiza mediante rápel, lo que añade un componente técnico y aventurero a una formación que transmite una gran presencia.

Como Llegar, Ruta y Acceso: El acceso al Mogote de los Suicidas permite además recorrer algunos de los parajes más representativos de La Pedriza. La ruta más habitual parte desde el entorno del Refugio Giner de los Ríos, pasando por el Tolmo, el Collado de la Dehesilla y la Pradera de Navajuélos, en un itinerario muy completo tanto a nivel paisajístico como montañero.

Entorno y fotografía: El Mogote de los Suicidas no sólo es un objetivo para escaladores, sino también un enclave de gran interés para senderistas y fotógrafos, que encuentran en su silueta y en su entorno uno de los mejores ejemplos del modelado granítico de La Pedriza.