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DÍAS DE PIEDRA

DÍAS DE PIEDRA

Descubrimientos Inesperados

El Jardín


Salir de la senda marcada y conocida, solo, sin GPS y con apenas un viejo mapa como guía, era un reto que solo afrontaba cuando me encontraba realmente en mis mejores momentos.

En mis primeras salidas en solitario, bajar del Yelmo por la Umbría Calderón hasta el Tolmo y contemplar el amenazante perfil de la Maza era un recorrido habitual cuando no disponía de demasiado tiempo. Siempre me había llamado la atención una senda que pasaba por debajo de la Maza y se perdía más allá. Estaba muy marcada, pero no sabía adónde llevaba.

Aquel día decidí seguirla y me condujo hasta una estrecha abertura que dejaba entrar a un curioso lugar, cerrado entre grandes riscos pero abierto hacia el Hueco de las Hoces.

Me fascinó la calma que transmitía. La quietud y el silencio lo envolvían todo y, por un instante, hasta las nubes parecieron detenerse en el cielo para dejarme disfrutar de un lugar que parecía haberse escapado del espacio y del tiempo.

Tomé una fotografía que todavía hoy consigue llevarme allí de nuevo.

Después continué hasta el Hueco de las Hoces, descendiendo por una pendiente de bloques que tuve que interpretar correctamente, porque allí no había una senda definida.

✦   ✦   ✦

Durante los años siguientes me dediqué a recorrer otros rincones de la Pedriza Posterior, todavía mucho más desconocida para mí, dejando descansar durante un tiempo al Yelmo y su macizo.

Ya más habituado a explorar nuevas sendas regresé, llegué hasta el Rocódromo y continué por el camino que asciende hacia el Yelmo, dejando la Maza a la derecha. En algún momento perdí la senda y mis pasos equivocados me llevaron hasta una intrincada mezcla de paredes y callejones.

Pero aquel lugar parecía atraparme con su juego así que decidí dejarme llevar por la intuición y terminé frente a un callejón que se estrechaba cada vez más. La pendiente era fuerte y desde abajo no podía saber con claridad si al final encontraría una salida.

La había, era una estrecha oquedad en la parte superior del callejón, que se había ido cerrando hasta dejar apenas espacio para alcanzar el final.

Dudé mucho antes de intentarlo. No parecía imposible, pero sí complicado. Pasé primero la mochila, aun a riesgo de no poder recuperarla si finalmente no conseguía colarme por aquel pequeño agujero. Después, utilizando manos, pies y espalda, fui ganando altura hasta conseguir introducir un brazo, después el otro, y finalmente remontarme para atravesar la oquedad.

Recuperé la mochila y respiré. Ahora quedaba enfrentarse a una posibilidad que no quería ni pensar: que al otro lado no hubiera ninguna salida hacia un lugar conocido y tuviera que volver a deslizarme por aquel agujero para desandar todo el camino.

Pero aquel día estaba de suerte. La salida me llevó hasta una amplia roca prácticamente plana que dominaba desde cierta altura un bonito claro salpicado de pequeños arbustos. Desde allí pude distinguir la silueta familiar del Elefante del Yelmo y pude ubicarme.

Lo complicado había quedado atrás.

Había entrado por el lado contrario, así que no reconocí el lugar. Sin embargo, me resultaba extrañamente familiar. Había algo allí que me hacía sentir bien. Una sensación difícil de explicar, pero conocida: calma, paz, silencio. Era de nuevo aquel lugar.

Aunque entonces no fui capaz de relacionarlo. Me marché sin saber dónde había conseguido llegar. Sin saber que acababa de regresar, por otro camino y muchos años después, al mismo lugar que había fotografiado aquella primera vez. Sin saber que aquel vínculo todavía tardaría en revelarse.

✦   ✦   ✦

Porque hay lugares que, de alguna manera, permanecen vinculados a nosotros. O quizá somos nosotros quienes quedamos vinculados a ellos. Y consiguen, de una forma u otra, quedarse para siempre en nuestro camino.

En los momentos más difíciles de mi vida, salir a la montaña, a la Pedriza, ha sido mi única forma de soportar sentimientos insoportables. Y en uno de esos momentos volví a recurrir al bálsamo de mis días de piedra.

Subí de nuevo hacia el Yelmo, dejándome llevar por aquel camino tan conocido mientras el tiempo pasaba por mí y mis pies avanzaban sin sentir realmente el camino, transitando de un lugar a otro como un cuerpo sin alma.

Llegué hasta mi querido Yelmo sin intención siquiera de coronarlo. Lo rodeé, como tantas otras veces, para alcanzar el collado que asoma a la Umbría Calderón. Habría podido bajar por allí. El cuerpo seguía recorriendo el camino conocido sin necesidad de pensar, mientras mi mente vagaba detrás de él, como un fardo atado a su espalda.

Pero, no sé por qué, la memoria vino al rescate de mi escasa lucidez. Me trajo el recuerdo de un lugar que siempre había querido conocer: el Corral Ciego y la Bola de San Antonio. Sabía que el camino no estaba demasiado marcado, pero también que la entrada se encontraba cerca, justo antes de la Maza. Sin pensarlo dos veces, cambié de rumbo y lo encontré.

El Corral Ciego se encuentra justo a la espalda de la Maza. Es una pequeña plaza rodeada de riscos que la cierran casi por completo. Al fondo, la Bola de San Antonio permite la salida por un estrecho callejón.

Recorrí el Corral dejándome acunar por una sensación de hogar, de recogimiento y avancé hacia la salida bajo la Bola hasta cruzar al otro lado.

Antes siquiera de entender por qué, mi cuerpo se aflojó, se rindió por completo y me dejó allí, abandonado como un trapo viejo.

Me senté y tardé un rato en comprender qué estaba sintiendo. Era como si el camino hubiera terminado. Como si algo se hubiera cerrado.

Una calma profunda me invadía de nuevo. La misma quietud. El mismo silencio. Aquella extraña sensación de que el mundo se había detenido y hasta el cielo parecía haberse quedado inmóvil sobre mi cabeza.

Entonces empecé a recomponer el puzzle. Pieza a pieza. A mi derecha estaba la portilla que había utilizado la primera vez y a la que ahora, por fin, podía ponerle nombre. Frente a mí, el estrecho callejón por el que había entrado la segunda vez, sin saber dónde estaba. A la izquierda, la salida hacia el Hueco de las Hoces.

Y yo, inmóvil bajo la Bola de San Antonio, comprendiendo finalmente aquello que durante años me había permanecido oculto.

La fotografía.

La primera entrada.

El segundo camino.

El regreso.

Todo conducía al mismo lugar.

Había tardado años en descubrirlo.

Había entrado por tres caminos diferentes y en tres momentos completamente distintos de mi vida.

Y quizá por eso aquel lugar me había resultado siempre tan familiar.

Porque, sin saberlo, ya había estado allí.

Porque algunos lugares no se descubren una sola vez.

A veces necesitan que volvamos a ellos cuando estamos preparados para reconocerlos.

Y aquel día, por fin, até un vínculo antiguo que conservaré para siempre.

Había llegado al Jardín del Predicador.
Jardín del Predicador - Primera fotografía
Jardín del Predicador - Fotografía reciente

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Descubrimientos Inesperados

El Jardín


Salir de la senda marcada y conocida, solo, sin GPS y con apenas un viejo mapa como guía, era un reto que solo afrontaba cuando me encontraba realmente en mis mejores momentos.

En mis primeras salidas en solitario, bajar del Yelmo por la Umbría Calderón hasta el Tolmo y contemplar el amenazante perfil de la Maza era un recorrido habitual cuando no disponía de demasiado tiempo. Siempre me había llamado la atención una senda que pasaba por debajo de la Maza y se perdía más allá. Estaba muy marcada, pero no sabía adónde llevaba.

Aquel día decidí seguirla y me condujo hasta una estrecha abertura que dejaba entrar a un curioso lugar, cerrado entre grandes riscos pero abierto hacia el Hueco de las Hoces.

Me fascinó la calma que transmitía. La quietud y el silencio lo envolvían todo y, por un instante, hasta las nubes parecieron detenerse en el cielo para dejarme disfrutar de un lugar que parecía haberse escapado del espacio y del tiempo.

Tomé una fotografía que todavía hoy consigue llevarme allí de nuevo.

Después continué hasta el Hueco de las Hoces, descendiendo por una pendiente de bloques que tuve que interpretar correctamente, porque allí no había una senda definida.

✦   ✦   ✦

Durante los años siguientes me dediqué a recorrer otros rincones de la Pedriza Posterior, todavía mucho más desconocida para mí, dejando descansar durante un tiempo al Yelmo y su macizo.

Ya más habituado a explorar nuevas sendas regresé, llegué hasta el Rocódromo y continué por el camino que asciende hacia el Yelmo, dejando la Maza a la derecha. En algún momento perdí la senda y mis pasos equivocados me llevaron hasta una intrincada mezcla de paredes y callejones.

Pero aquel lugar parecía atraparme con su juego así que decidí dejarme llevar por la intuición y terminé frente a un callejón que se estrechaba cada vez más. La pendiente era fuerte y desde abajo no podía saber con claridad si al final encontraría una salida.

La había, era una estrecha oquedad en la parte superior del callejón, que se había ido cerrando hasta dejar apenas espacio para alcanzar el final.

Dudé mucho antes de intentarlo. No parecía imposible, pero sí complicado. Pasé primero la mochila, aun a riesgo de no poder recuperarla si finalmente no conseguía colarme por aquel pequeño agujero. Después, utilizando manos, pies y espalda, fui ganando altura hasta conseguir introducir un brazo, después el otro, y finalmente remontarme para atravesar la oquedad.

Recuperé la mochila y respiré. Ahora quedaba enfrentarse a una posibilidad que no quería ni pensar: que al otro lado no hubiera ninguna salida hacia un lugar conocido y tuviera que volver a deslizarme por aquel agujero para desandar todo el camino.

Pero aquel día estaba de suerte. La salida me llevó hasta una amplia roca prácticamente plana que dominaba desde cierta altura un bonito claro salpicado de pequeños arbustos. Desde allí pude distinguir la silueta familiar del Elefante del Yelmo y pude ubicarme.

Lo complicado había quedado atrás.

Había entrado por el lado contrario, así que no reconocí el lugar. Sin embargo, me resultaba extrañamente familiar. Había algo allí que me hacía sentir bien. Una sensación difícil de explicar, pero conocida: calma, paz, silencio. Era de nuevo aquel lugar.

Aunque entonces no fui capaz de relacionarlo. Me marché sin saber dónde había conseguido llegar. Sin saber que acababa de regresar, por otro camino y muchos años después, al mismo lugar que había fotografiado aquella primera vez. Sin saber que aquel vínculo todavía tardaría en revelarse.

✦   ✦   ✦

Porque hay lugares que, de alguna manera, permanecen vinculados a nosotros. O quizá somos nosotros quienes quedamos vinculados a ellos. Y consiguen, de una forma u otra, quedarse para siempre en nuestro camino.

En los momentos más difíciles de mi vida, salir a la montaña, a la Pedriza, ha sido mi única forma de soportar sentimientos insoportables. Y en uno de esos momentos volví a recurrir al bálsamo de mis días de piedra.

Subí de nuevo hacia el Yelmo, dejándome llevar por aquel camino tan conocido mientras el tiempo pasaba por mí y mis pies avanzaban sin sentir realmente el camino, transitando de un lugar a otro como un cuerpo sin alma.

Llegué hasta mi querido Yelmo sin intención siquiera de coronarlo. Lo rodeé, como tantas otras veces, para alcanzar el collado que asoma a la Umbría Calderón. Habría podido bajar por allí. El cuerpo seguía recorriendo el camino conocido sin necesidad de pensar, mientras mi mente vagaba detrás de él, como un fardo atado a su espalda.

Pero, no sé por qué, la memoria vino al rescate de mi escasa lucidez. Me trajo el recuerdo de un lugar que siempre había querido conocer: el Corral Ciego y la Bola de San Antonio. Sabía que el camino no estaba demasiado marcado, pero también que la entrada se encontraba cerca, justo antes de la Maza. Sin pensarlo dos veces, cambié de rumbo y lo encontré.

El Corral Ciego se encuentra justo a la espalda de la Maza. Es una pequeña plaza rodeada de riscos que la cierran casi por completo. Al fondo, la Bola de San Antonio permite la salida por un estrecho callejón.

Recorrí el Corral dejándome acunar por una sensación de hogar, de recogimiento y avancé hacia la salida bajo la Bola hasta cruzar al otro lado.

Antes siquiera de entender por qué, mi cuerpo se aflojó, se rindió por completo y me dejó allí, abandonado como un trapo viejo.

Me senté y tardé un rato en comprender qué estaba sintiendo. Era como si el camino hubiera terminado. Como si algo se hubiera cerrado.

Una calma profunda me invadía de nuevo. La misma quietud. El mismo silencio. Aquella extraña sensación de que el mundo se había detenido y hasta el cielo parecía haberse quedado inmóvil sobre mi cabeza.

Entonces empecé a recomponer el puzzle. Pieza a pieza. A mi derecha estaba la portilla que había utilizado la primera vez y a la que ahora, por fin, podía ponerle nombre. Frente a mí, el estrecho callejón por el que había entrado la segunda vez, sin saber dónde estaba. A la izquierda, la salida hacia el Hueco de las Hoces.

Y yo, inmóvil bajo la Bola de San Antonio, comprendiendo finalmente aquello que durante años me había permanecido oculto.

La fotografía.

La primera entrada.

El segundo camino.

El regreso.

Todo conducía al mismo lugar.

Había tardado años en descubrirlo.

Había entrado por tres caminos diferentes y en tres momentos completamente distintos de mi vida.

Y quizá por eso aquel lugar me había resultado siempre tan familiar.

Porque, sin saberlo, ya había estado allí.

Porque algunos lugares no se descubren una sola vez.

A veces necesitan que volvamos a ellos cuando estamos preparados para reconocerlos.

Y aquel día, por fin, até un vínculo antiguo que conservaré para siempre.

Había llegado al Jardín del Predicador.
Jardín del Predicador - Primera fotografía
Jardín del Predicador - Fotografía reciente

DÍAS DE PIEDRA

DÍAS DE PIEDRA

El Mogote de los Suicidas es uno de los monolitos más icónicos de La Pedriza, una aguja de granito de silueta inconfundible que se eleva de forma aislada sobre el caos de bloques que la rodea. Su perfil estilizado, rematado por una característica “cabeza” inclinada, lo convierte en una de las formaciones más fotogénicas y reconocibles.

El Mogote surge entre placas pulidas y apilamientos graníticos, dominando visualmente todo su entorno. Desde su base, la vista se abre hacia la Pedriza anterior y el valle, ofreciendo una sensación de verticalidad y exposición muy marcada, especialmente en días despejados donde la luz resalta los volúmenes y texturas de la roca.

Su cima, inaccesible a pie, sólo puede alcanzarse mediante escalada, siendo una ascensión clásica dentro de la zona. El descenso se realiza mediante rápel, lo que añade un componente técnico y aventurero a una formación que transmite una gran presencia.

Como Llegar, Ruta y Acceso: El acceso al Mogote de los Suicidas permite además recorrer algunos de los parajes más representativos de La Pedriza. La ruta más habitual parte desde el entorno del Refugio Giner de los Ríos, pasando por el Tolmo, el Collado de la Dehesilla y la Pradera de Navajuélos, en un itinerario muy completo tanto a nivel paisajístico como montañero.

Entorno y fotografía: El Mogote de los Suicidas no sólo es un objetivo para escaladores, sino también un enclave de gran interés para senderistas y fotógrafos, que encuentran en su silueta y en su entorno uno de los mejores ejemplos del modelado granítico de La Pedriza.

Descubrimientos Inesperados

El Jardín


Salir de la senda marcada y conocida, solo, sin GPS y con apenas un viejo mapa como guía, era un reto que solo afrontaba cuando me encontraba realmente en mis mejores momentos.

En mis primeras salidas en solitario, bajar del Yelmo por la Umbría Calderón hasta el Tolmo y contemplar el amenazante perfil de la Maza era un recorrido habitual cuando no disponía de demasiado tiempo. Siempre me había llamado la atención una senda que pasaba por debajo de la Maza y se perdía más allá. Estaba muy marcada, pero no sabía adónde llevaba.

Aquel día decidí seguirla y me condujo hasta una estrecha abertura que dejaba entrar a un curioso lugar, cerrado entre grandes riscos pero abierto hacia el Hueco de las Hoces.

Me fascinó la calma que transmitía. La quietud y el silencio lo envolvían todo y, por un instante, hasta las nubes parecieron detenerse en el cielo para dejarme disfrutar de un lugar que parecía haberse escapado del espacio y del tiempo.

Tomé una fotografía que todavía hoy consigue llevarme allí de nuevo.

Después continué hasta el Hueco de las Hoces, descendiendo por una pendiente de bloques que tuve que interpretar correctamente, porque allí no había una senda definida.

✦   ✦   ✦

Durante los años siguientes me dediqué a recorrer otros rincones de la Pedriza Posterior, todavía mucho más desconocida para mí, dejando descansar durante un tiempo al Yelmo y su macizo.

Ya más habituado a explorar nuevas sendas regresé, llegué hasta el Rocódromo y continué por el camino que asciende hacia el Yelmo, dejando la Maza a la derecha. En algún momento perdí la senda y mis pasos equivocados me llevaron hasta una intrincada mezcla de paredes y callejones.

Pero aquel lugar parecía atraparme con su juego así que decidí dejarme llevar por la intuición y terminé frente a un callejón que se estrechaba cada vez más. La pendiente era fuerte y desde abajo no podía saber con claridad si al final encontraría una salida.

La había, era una estrecha oquedad en la parte superior del callejón, que se había ido cerrando hasta dejar apenas espacio para alcanzar el final.

Dudé mucho antes de intentarlo. No parecía imposible, pero sí complicado. Pasé primero la mochila, aun a riesgo de no poder recuperarla si finalmente no conseguía colarme por aquel pequeño agujero. Después, utilizando manos, pies y espalda, fui ganando altura hasta conseguir introducir un brazo, después el otro, y finalmente remontarme para atravesar la oquedad.

Recuperé la mochila y respiré. Ahora quedaba enfrentarse a una posibilidad que no quería ni pensar: que al otro lado no hubiera ninguna salida hacia un lugar conocido y tuviera que volver a deslizarme por aquel agujero para desandar todo el camino.

Pero aquel día estaba de suerte. La salida me llevó hasta una amplia roca prácticamente plana que dominaba desde cierta altura un bonito claro salpicado de pequeños arbustos. Desde allí pude distinguir la silueta familiar del Elefante del Yelmo y pude ubicarme.

Lo complicado había quedado atrás.

Había entrado por el lado contrario, así que no reconocí el lugar. Sin embargo, me resultaba extrañamente familiar. Había algo allí que me hacía sentir bien. Una sensación difícil de explicar, pero conocida: calma, paz, silencio. Era de nuevo aquel lugar.

Aunque entonces no fui capaz de relacionarlo. Me marché sin saber dónde había conseguido llegar. Sin saber que acababa de regresar, por otro camino y muchos años después, al mismo lugar que había fotografiado aquella primera vez. Sin saber que aquel vínculo todavía tardaría en revelarse.

✦   ✦   ✦

Porque hay lugares que, de alguna manera, permanecen vinculados a nosotros. O quizá somos nosotros quienes quedamos vinculados a ellos. Y consiguen, de una forma u otra, quedarse para siempre en nuestro camino.

En los momentos más difíciles de mi vida, salir a la montaña, a la Pedriza, ha sido mi única forma de soportar sentimientos insoportables. Y en uno de esos momentos volví a recurrir al bálsamo de mis días de piedra.

Subí de nuevo hacia el Yelmo, dejándome llevar por aquel camino tan conocido mientras el tiempo pasaba por mí y mis pies avanzaban sin sentir realmente el camino, transitando de un lugar a otro como un cuerpo sin alma.

Llegué hasta mi querido Yelmo sin intención siquiera de coronarlo. Lo rodeé, como tantas otras veces, para alcanzar el collado que asoma a la Umbría Calderón. Habría podido bajar por allí. El cuerpo seguía recorriendo el camino conocido sin necesidad de pensar, mientras mi mente vagaba detrás de él, como un fardo atado a su espalda.

Pero, no sé por qué, la memoria vino al rescate de mi escasa lucidez. Me trajo el recuerdo de un lugar que siempre había querido conocer: el Corral Ciego y la Bola de San Antonio. Sabía que el camino no estaba demasiado marcado, pero también que la entrada se encontraba cerca, justo antes de la Maza. Sin pensarlo dos veces, cambié de rumbo y lo encontré.

El Corral Ciego se encuentra justo a la espalda de la Maza. Es una pequeña plaza rodeada de riscos que la cierran casi por completo. Al fondo, la Bola de San Antonio permite la salida por un estrecho callejón.

Recorrí el Corral dejándome acunar por una sensación de hogar, de recogimiento y avancé hacia la salida bajo la Bola hasta cruzar al otro lado.

Antes siquiera de entender por qué, mi cuerpo se aflojó, se rindió por completo y me dejó allí, abandonado como un trapo viejo.

Me senté y tardé un rato en comprender qué estaba sintiendo. Era como si el camino hubiera terminado. Como si algo se hubiera cerrado.

Una calma profunda me invadía de nuevo. La misma quietud. El mismo silencio. Aquella extraña sensación de que el mundo se había detenido y hasta el cielo parecía haberse quedado inmóvil sobre mi cabeza.

Entonces empecé a recomponer el puzzle. Pieza a pieza. A mi derecha estaba la portilla que había utilizado la primera vez y a la que ahora, por fin, podía ponerle nombre. Frente a mí, el estrecho callejón por el que había entrado la segunda vez, sin saber dónde estaba. A la izquierda, la salida hacia el Hueco de las Hoces.

Y yo, inmóvil bajo la Bola de San Antonio, comprendiendo finalmente aquello que durante años me había permanecido oculto.

La fotografía.

La primera entrada.

El segundo camino.

El regreso.

Todo conducía al mismo lugar.

Había tardado años en descubrirlo.

Había entrado por tres caminos diferentes y en tres momentos completamente distintos de mi vida.

Y quizá por eso aquel lugar me había resultado siempre tan familiar.

Porque, sin saberlo, ya había estado allí.

Porque algunos lugares no se descubren una sola vez.

A veces necesitan que volvamos a ellos cuando estamos preparados para reconocerlos.

Y aquel día, por fin, até un vínculo antiguo que conservaré para siempre.

Había llegado al Jardín del Predicador.
Jardín del Predicador - Primera fotografía
Jardín del Predicador - Fotografía reciente

Descubrimientos Inesperados

El Jardín


Salir de la senda marcada y conocida, solo, sin GPS y con apenas un viejo mapa como guía, era un reto que solo afrontaba cuando me encontraba realmente en mis mejores momentos.

En mis primeras salidas en solitario, bajar del Yelmo por la Umbría Calderón hasta el Tolmo y contemplar el amenazante perfil de la Maza era un recorrido habitual cuando no disponía de demasiado tiempo. Siempre me había llamado la atención una senda que pasaba por debajo de la Maza y se perdía más allá. Estaba muy marcada, pero no sabía adónde llevaba.

Aquel día decidí seguirla y me condujo hasta una estrecha abertura que dejaba entrar a un curioso lugar, cerrado entre grandes riscos pero abierto hacia el Hueco de las Hoces.

Me fascinó la calma que transmitía. La quietud y el silencio lo envolvían todo y, por un instante, hasta las nubes parecieron detenerse en el cielo para dejarme disfrutar de un lugar que parecía haberse escapado del espacio y del tiempo.

Tomé una fotografía que todavía hoy consigue llevarme allí de nuevo.

Después continué hasta el Hueco de las Hoces, descendiendo por una pendiente de bloques que tuve que interpretar correctamente, porque allí no había una senda definida.

✦   ✦   ✦

Durante los años siguientes me dediqué a recorrer otros rincones de la Pedriza Posterior, todavía mucho más desconocida para mí, dejando descansar durante un tiempo al Yelmo y su macizo.

Ya más habituado a explorar nuevas sendas regresé, llegué hasta el Rocódromo y continué por el camino que asciende hacia el Yelmo, dejando la Maza a la derecha. En algún momento perdí la senda y mis pasos equivocados me llevaron hasta una intrincada mezcla de paredes y callejones.

Pero aquel lugar parecía atraparme con su juego así que decidí dejarme llevar por la intuición y terminé frente a un callejón que se estrechaba cada vez más. La pendiente era fuerte y desde abajo no podía saber con claridad si al final encontraría una salida.

La había, era una estrecha oquedad en la parte superior del callejón, que se había ido cerrando hasta dejar apenas espacio para alcanzar el final.

Dudé mucho antes de intentarlo. No parecía imposible, pero sí complicado. Pasé primero la mochila, aun a riesgo de no poder recuperarla si finalmente no conseguía colarme por aquel pequeño agujero. Después, utilizando manos, pies y espalda, fui ganando altura hasta conseguir introducir un brazo, después el otro, y finalmente remontarme para atravesar la oquedad.

Recuperé la mochila y respiré. Ahora quedaba enfrentarse a una posibilidad que no quería ni pensar: que al otro lado no hubiera ninguna salida hacia un lugar conocido y tuviera que volver a deslizarme por aquel agujero para desandar todo el camino.

Pero aquel día estaba de suerte. La salida me llevó hasta una amplia roca prácticamente plana que dominaba desde cierta altura un bonito claro salpicado de pequeños arbustos. Desde allí pude distinguir la silueta familiar del Elefante del Yelmo y pude ubicarme.

Lo complicado había quedado atrás.

Había entrado por el lado contrario, así que no reconocí el lugar. Sin embargo, me resultaba extrañamente familiar. Había algo allí que me hacía sentir bien. Una sensación difícil de explicar, pero conocida: calma, paz, silencio. Era de nuevo aquel lugar.

Aunque entonces no fui capaz de relacionarlo. Me marché sin saber dónde había conseguido llegar. Sin saber que acababa de regresar, por otro camino y muchos años después, al mismo lugar que había fotografiado aquella primera vez. Sin saber que aquel vínculo todavía tardaría en revelarse.

✦   ✦   ✦

Porque hay lugares que, de alguna manera, permanecen vinculados a nosotros. O quizá somos nosotros quienes quedamos vinculados a ellos. Y consiguen, de una forma u otra, quedarse para siempre en nuestro camino.

En los momentos más difíciles de mi vida, salir a la montaña, a la Pedriza, ha sido mi única forma de soportar sentimientos insoportables. Y en uno de esos momentos volví a recurrir al bálsamo de mis días de piedra.

Subí de nuevo hacia el Yelmo, dejándome llevar por aquel camino tan conocido mientras el tiempo pasaba por mí y mis pies avanzaban sin sentir realmente el camino, transitando de un lugar a otro como un cuerpo sin alma.

Llegué hasta mi querido Yelmo sin intención siquiera de coronarlo. Lo rodeé, como tantas otras veces, para alcanzar el collado que asoma a la Umbría Calderón. Habría podido bajar por allí. El cuerpo seguía recorriendo el camino conocido sin necesidad de pensar, mientras mi mente vagaba detrás de él, como un fardo atado a su espalda.

Pero, no sé por qué, la memoria vino al rescate de mi escasa lucidez. Me trajo el recuerdo de un lugar que siempre había querido conocer: el Corral Ciego y la Bola de San Antonio. Sabía que el camino no estaba demasiado marcado, pero también que la entrada se encontraba cerca, justo antes de la Maza. Sin pensarlo dos veces, cambié de rumbo y lo encontré.

El Corral Ciego se encuentra justo a la espalda de la Maza. Es una pequeña plaza rodeada de riscos que la cierran casi por completo. Al fondo, la Bola de San Antonio permite la salida por un estrecho callejón.

Recorrí el Corral dejándome acunar por una sensación de hogar, de recogimiento y avancé hacia la salida bajo la Bola hasta cruzar al otro lado.

Antes siquiera de entender por qué, mi cuerpo se aflojó, se rindió por completo y me dejó allí, abandonado como un trapo viejo.

Me senté y tardé un rato en comprender qué estaba sintiendo. Era como si el camino hubiera terminado. Como si algo se hubiera cerrado.

Una calma profunda me invadía de nuevo. La misma quietud. El mismo silencio. Aquella extraña sensación de que el mundo se había detenido y hasta el cielo parecía haberse quedado inmóvil sobre mi cabeza.

Entonces empecé a recomponer el puzzle. Pieza a pieza. A mi derecha estaba la portilla que había utilizado la primera vez y a la que ahora, por fin, podía ponerle nombre. Frente a mí, el estrecho callejón por el que había entrado la segunda vez, sin saber dónde estaba. A la izquierda, la salida hacia el Hueco de las Hoces.

Y yo, inmóvil bajo la Bola de San Antonio, comprendiendo finalmente aquello que durante años me había permanecido oculto.

La fotografía.

La primera entrada.

El segundo camino.

El regreso.

Todo conducía al mismo lugar.

Había tardado años en descubrirlo.

Había entrado por tres caminos diferentes y en tres momentos completamente distintos de mi vida.

Y quizá por eso aquel lugar me había resultado siempre tan familiar.

Porque, sin saberlo, ya había estado allí.

Porque algunos lugares no se descubren una sola vez.

A veces necesitan que volvamos a ellos cuando estamos preparados para reconocerlos.

Y aquel día, por fin, até un vínculo antiguo que conservaré para siempre.

Había llegado al Jardín del Predicador.
Jardín del Predicador - Primera fotografía
Jardín del Predicador - Fotografía reciente


El Mogote de los Suicidas es uno de los monolitos más icónicos de La Pedriza, una aguja de granito de silueta inconfundible que se eleva de forma aislada sobre el caos de bloques que la rodea. Su perfil estilizado, rematado por una característica “cabeza” inclinada, lo convierte en una de las formaciones más fotogénicas y reconocibles.

El Mogote surge entre placas pulidas y apilamientos graníticos, dominando visualmente todo su entorno. Desde su base, la vista se abre hacia la Pedriza anterior y el valle, ofreciendo una sensación de verticalidad y exposición muy marcada, especialmente en días despejados donde la luz resalta los volúmenes y texturas de la roca.

Su cima, inaccesible a pie, sólo puede alcanzarse mediante escalada, siendo una ascensión clásica dentro de la zona. El descenso se realiza mediante rápel, lo que añade un componente técnico y aventurero a una formación que transmite una gran presencia.

Como Llegar, Ruta y Acceso: El acceso al Mogote de los Suicidas permite además recorrer algunos de los parajes más representativos de La Pedriza. La ruta más habitual parte desde el entorno del Refugio Giner de los Ríos, pasando por el Tolmo, el Collado de la Dehesilla y la Pradera de Navajuélos, en un itinerario muy completo tanto a nivel paisajístico como montañero.

Entorno y fotografía: El Mogote de los Suicidas no sólo es un objetivo para escaladores, sino también un enclave de gran interés para senderistas y fotógrafos, que encuentran en su silueta y en su entorno uno de los mejores ejemplos del modelado granítico de La Pedriza.