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DÍAS DE PIEDRA

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DÍAS DE PIEDRA

El Mogote de los Suicidas es uno de los monolitos más icónicos de La Pedriza, una aguja de granito de silueta inconfundible que se eleva de forma aislada sobre el caos de bloques que la rodea. Su perfil estilizado, rematado por una característica “cabeza” inclinada, lo convierte en una de las formaciones más fotogénicas y reconocibles.

El Mogote surge entre placas pulidas y apilamientos graníticos, dominando visualmente todo su entorno. Desde su base, la vista se abre hacia la Pedriza anterior y el valle, ofreciendo una sensación de verticalidad y exposición muy marcada, especialmente en días despejados donde la luz resalta los volúmenes y texturas de la roca.

Su cima, inaccesible a pie, sólo puede alcanzarse mediante escalada, siendo una ascensión clásica dentro de la zona. El descenso se realiza mediante rápel, lo que añade un componente técnico y aventurero a una formación que transmite una gran presencia.

Como Llegar, Ruta y Acceso: El acceso al Mogote de los Suicidas permite además recorrer algunos de los parajes más representativos de La Pedriza. La ruta más habitual parte desde el entorno del Refugio Giner de los Ríos, pasando por el Tolmo, el Collado de la Dehesilla y la Pradera de Navajuélos, en un itinerario muy completo tanto a nivel paisajístico como montañero.

Entorno y fotografía: El Mogote de los Suicidas no sólo es un objetivo para escaladores, sino también un enclave de gran interés para senderistas y fotógrafos, que encuentran en su silueta y en su entorno uno de los mejores ejemplos del modelado granítico de La Pedriza.

El Laberinto

En los últimos meses he ido realizando varias rutas que tenía pendientes y me siento muy bien, tanto física como mentalmente. He recuperado esa sensación que aparece pocas veces: la de poder enfrentarme a casi cualquier reto que me proponga, siempre dentro de mis límites.

Y eso no es algo habitual.

Solo consigo alcanzar ese estado cuando encadeno varias salidas exigentes, varios días en los que el cuerpo vuelve a recordar de qué es capaz. Pero mantener esa pequeña racha no resulta fácil. El tiempo limitado, las lesiones y las obligaciones cotidianas se empeñan con demasiada frecuencia en interrumpirla.

Así que pienso inmediatamente en cuál será la siguiente salida y de inmediato me viene a la cabeza esa ruta que siempre he ido posponiendo porque hacerla en solitario me impone mucho respeto.

El Laberinto.

Sé que es una ruta que lo tiene todo. Una zona desconocida e intrincada, sin una senda clara que seguir, convertida en un juego de pasos, trepadas y callejones difíciles de interpretar. Allí el GPS puede convertirse en una ayuda relativa y los mapas son apenas un hilo conductor, débil e inseguro, entre un juego de rocas que parece empeñado en desorientarte.

Y allí me espera también uno de esos riscos míticos que habitan en algún rincón de mi mente montañera: el Capuchino.

Por tanto, es el momento. Si alguna vez voy a intentarlo, tiene que ser ahora.

Y con ese ánimo me preparo, aunque sin conseguir desprenderme del todo de ese último recelo que acompaña a las grandes ocasiones.

El Tolmo y el Hueso

Llego hasta el Tolmo y diviso el Hueso. A su izquierda veo por dónde la senda me va a conducir. Es una zona que nunca he pisado y cruzo el arroyo con ese pequeño nervio interior que siempre provoca lo desconocido.

El camino está bien marcado en este tramo y me hace ganar altura entre el bosque y la piedra. Tras las primeras rampas empiezo a coger ritmo. Aunque es temprano, ya hace mucho calor: el del sol que comienza a entrar entre las hojas y el del propio cuerpo, que poco a poco se acopla a la fuerte subida.

Un tramo más de bosque. Ya debe quedar poco, según mis cálculos.

Paro a beber un sorbo de agua en un pequeño claro y, al mirar alrededor para situarme, compruebo que tengo frente a mí el risco de la Muela desde una perspectiva completamente nueva para mí.

Eso significa que, mirando a la derecha, voy a descubrir el Cancho Amarillo.

Cancho Amarillo

Y allí está. Se me eriza la piel. Estoy donde quería estar.

Me dirijo entusiasmado hacia el Cancho en busca de la preciosa entrada del Laberinto: un pequeño triángulo entre las rocas, guardado por un bonito árbol.

Entrada del Laberinto

Me detengo un instante porque sé que ahora viene la mejor parte.

La complicada

Esa que durante tanto tiempo he estado posponiendo.

Paso por la entrada y el panorama cambia.

De repente desaparecen los caminos conocidos y solo queda la roca.

Un caos de grandes bloques desparramados bajo el Cancho Amarillo me obliga a decidir cada paso. Los voy sorteando, trepando y saltando entre ellos, hasta que, de repente, aparece ante mí la puntiaguda silueta del Capuchino.

El Capuchino

Parece ejercer de guardián.

Está allí, en medio de un precioso y amplio jardín rodeado de grandes bloques y paredes.

Y allí me quedo un buen rato, callado e inmóvil.

Pienso en cuánto tiempo he soñado con este momento.

Cuántas veces he imaginado estar allí.

Entorno del Capuchino

Rodeando el Capuchino me encuentro con un auténtico salón de recreo para la vista. A un lado, paredes verticales, algunas de ellas rematadas por enormes bloques en difícil equilibrio. Al otro, suaves laderas rocosas que se dejan trepar fácilmente y se asoman a la Umbria Calderón.

Y al fondo, a lo lejos, la Loncha y un enorme bloque atrapado entre esta y la pared contraria.

La Loncha y el gran bloque
La Loncha y el gran bloque

No puedo evitar hacer otro parón para disfrutar de aquel encantador paraje antes de internarme de lleno en los vericuetos del Laberinto.

La Pedriza tiene esos lugares.

Lugares en los que te quedarías horas simplemente contemplando.

Pero todavía queda lo que he venido a buscar.

Así, colmado de visiones que sé que tardaré mucho en olvidar, me enfrento al reto.

Y comienzo a perderme.

Callejones, semicuevas y grandes bloques parecen haberse conjurado para hacer que el paso resulte indescifrable.

Avanzo, retrocedo, pruebo una variante, después otra.

Vuelvo sobre mis pasos.

El Laberinto parece no tener intención alguna de dejarse entender.

Durante un rato tengo la sensación de estar intentando comprender un lugar que no está hecho para ser comprendido.

Hasta que, tras varias idas y venidas, doy con una salida que me deja directamente en un pequeño salón, justo debajo de la Loncha y del gran bloque encajado.

Pequeño salón bajo la Loncha

Es un lugar especial. Distinto. De esos que merecen la pena respirar a pleno pulmón y dejarse llevar por la imaginación.

Allí dejo pasar un tiempo, no recuerdo cuánto, hasta llenarme de sensaciones.

Parece que el camino lógico para salir es pasar bajo el enorme bloque suspendido.

Me acerco.

Me asomo.

No. La dirección tiene que ser otra.

Y comienza entonces otro pequeño laberinto dentro del Laberinto.

Durante largos minutos pruebo variantes. Una no lleva a ninguna parte. Otra parece prometedora, pero termina cerrándose. Retrocedo, busco, trepo, me asomo y vuelvo a intentarlo.

Maldigo varias veces por no encontrar la salida.

Entonces vuelvo a probar la primera opción que había descartado y, después de una pequeña trepada, ahora sí, el GPS vuelve a situarme en la senda correcta.

La sensación de alivio es inmediata.

Reconozco el tramo final.

Ya lo había visto tantas veces en fotografías.

Ahora, por fin, lo estoy recorriendo.

Unos metros más y salgo a la senda familiar que me llevará hasta el jardín del Torro, junto a la Bola de Navajuelos.

El Laberinto queda atrás.

El Torro y la Bola de Navajuelos

Descanso del calor y del esfuerzo mientras decido cómo continuar.

Puedo volver por el mismo camino, hacer el ocho que vuelve a internarse en el Laberinto para bajar por el Hueso o cruzar por la pradera de Navajuelos.

Pero el Laberinto me ha resultado tan duro como esperaba.

Y suficiente.

Así que decido que por hoy ha sido bastante.

Cruzo la pradera hasta encontrarme con el Gran Molondrio y tomo la senda que baja paralela a los Pinganillos hasta la entrada del Jardín del Pájaro.

Allí voy a terminar la jornada.

Jardín del Pájaro

Mientras disfruto de mis habituales recompensas, un vinito y unas aceitunas, levanto la vista hacia la Muela.

Está llena de buitres.

Buitres sobre la Muela

Permanecen posados en lo alto, inmóviles, hasta que uno despega. Después otro. Y otro.

Durante un buen rato me ofrecen una demostración perfecta de despegues y aterrizajes. El aire los sostiene con una facilidad que contrasta con el esfuerzo que a mí me ha costado llegar hasta allí.

Y pienso en la ruta y en las sensaciones. En cada uno de aquellos lugares que, desde hoy, pasarán a ocupar un espacio en ese rincón de la memoria que tengo reservado para la montaña. Pienso también en lo que sentía antes de entrar y comprendo que eso también formaba parte de la ruta.

Ahora, sentado frente a la Muela, lo que queda es gratitud. Gratitud por haber vuelto entero y no demasiado magullado. Por haber sabido corregir los errores inevitables. Por haber intuido correctamente el camino cuando este dejó de existir. Por haber entendido la dificultad y haber aceptado que, a veces, la montaña no consiste en avanzar, sino en saber detenerse, retroceder y volver a intentarlo y también por haber planificado bien la ruta y haber entendido que la recompensa estaba precisamente en asumir su dificultad.

No ha faltado nada de lo que esperaba encontrar.

El Laberinto ha sido difícil, confuso, hermoso y, durante algunos momentos, desconcertante. Ha sido todo lo que imaginaba. Quizá por eso la satisfacción es tan grande. Hay una alegría especial que solo aparece cuando termina la exigencia. Cuando el cuerpo empieza a descansar. Cuando ya no queda nada por hacer y puedes mirar atrás sabiendo que aquello que durante tanto tiempo habías imaginado ahora forma parte de tus propios recuerdos.

Recojo despacio.

La montaña empieza a quedarse atrás.

Y mientras regreso a casa pienso que hay lugares a los que uno llega mucho antes de visitarlos.

Los imagina.

Los espera.

Los teme.

Los sueña.

Hasta que un día, por fin, entra en ellos.

 

HOY HE ENTRADO EN EL LABERINTO.
Y HE ENCONTRADO LA SALIDA.
 


El Mogote de los Suicidas es uno de los monolitos más icónicos de La Pedriza, una aguja de granito de silueta inconfundible que se eleva de forma aislada sobre el caos de bloques que la rodea. Su perfil estilizado, rematado por una característica “cabeza” inclinada, lo convierte en una de las formaciones más fotogénicas y reconocibles.

El Mogote surge entre placas pulidas y apilamientos graníticos, dominando visualmente todo su entorno. Desde su base, la vista se abre hacia la Pedriza anterior y el valle, ofreciendo una sensación de verticalidad y exposición muy marcada, especialmente en días despejados donde la luz resalta los volúmenes y texturas de la roca.

Su cima, inaccesible a pie, sólo puede alcanzarse mediante escalada, siendo una ascensión clásica dentro de la zona. El descenso se realiza mediante rápel, lo que añade un componente técnico y aventurero a una formación que transmite una gran presencia.

Como Llegar, Ruta y Acceso: El acceso al Mogote de los Suicidas permite además recorrer algunos de los parajes más representativos de La Pedriza. La ruta más habitual parte desde el entorno del Refugio Giner de los Ríos, pasando por el Tolmo, el Collado de la Dehesilla y la Pradera de Navajuélos, en un itinerario muy completo tanto a nivel paisajístico como montañero.

Entorno y fotografía: El Mogote de los Suicidas no sólo es un objetivo para escaladores, sino también un enclave de gran interés para senderistas y fotógrafos, que encuentran en su silueta y en su entorno uno de los mejores ejemplos del modelado granítico de La Pedriza.