DÍAS DE PIEDRA
DÍAS DE PIEDRA
El Jardín
Salir de la senda marcada y conocida, solo, sin GPS y con apenas un viejo mapa como guía, era un reto que solo afrontaba cuando me encontraba realmente en mis mejores momentos.
En mis primeras salidas en solitario, bajar del Yelmo por la Umbría Calderón hasta el Tolmo y contemplar el amenazante perfil de la Maza era un recorrido habitual cuando no disponía de demasiado tiempo. Siempre me había llamado la atención una senda que pasaba por debajo de la Maza y se perdía más allá. Estaba muy marcada, pero no sabía adónde llevaba.
Aquel día decidí seguirla y me condujo hasta una estrecha abertura que dejaba entrar a un curioso lugar, cerrado entre grandes riscos pero abierto hacia el Hueco de las Hoces.
Tomé una fotografía que todavía hoy consigue llevarme allí de nuevo.

Después continué hasta el Hueco de las Hoces, descendiendo por una pendiente de bloques que tuve que interpretar correctamente, porque allí no había una senda definida.
Durante los años siguientes me dediqué a recorrer otros rincones de la Pedriza Posterior, todavía mucho más desconocida para mí, dejando descansar durante un tiempo al Yelmo y su macizo.
Ya más habituado a explorar nuevas sendas regresé, llegué hasta el Rocódromo y continué por el camino que asciende hacia el Yelmo, dejando la Maza a la derecha. En algún momento perdí la senda y mis pasos equivocados me llevaron hasta una intrincada mezcla de paredes y callejones.
Pero aquel lugar parecía atraparme con su juego así que decidí dejarme llevar por la intuición y terminé frente a un callejón que se estrechaba cada vez más. La pendiente era fuerte y desde abajo no podía saber con claridad si al final encontraría una salida.
La había, era una estrecha oquedad en la parte superior del callejón, que se había ido cerrando hasta dejar apenas espacio para alcanzar el final.
Dudé mucho antes de intentarlo. No parecía imposible, pero sí complicado. Pasé primero la mochila, aun a riesgo de no poder recuperarla si finalmente no conseguía colarme por aquel pequeño agujero. Después, utilizando manos, pies y espalda, fui ganando altura hasta conseguir introducir un brazo, después el otro, y finalmente remontarme para atravesar la oquedad.
Recuperé la mochila y respiré. Ahora quedaba enfrentarse a una posibilidad que no quería ni pensar: que al otro lado no hubiera ninguna salida hacia un lugar conocido y tuviera que volver a deslizarme por aquel agujero para desandar todo el camino.
Pero aquel día estaba de suerte. La salida me llevó hasta una amplia roca prácticamente plana que dominaba desde cierta altura un bonito claro salpicado de pequeños arbustos. Desde allí pude distinguir la silueta familiar del Elefante del Yelmo y pude ubicarme.
Lo complicado había quedado atrás.

Había entrado por el lado contrario, así que no reconocí el lugar. Sin embargo, me resultaba extrañamente familiar. Había algo allí que me hacía sentir bien. Una sensación difícil de explicar, pero conocida: calma, paz, silencio. Era de nuevo aquel lugar.
Aunque entonces no fui capaz de relacionarlo. Me marché sin saber dónde había conseguido llegar. Sin saber que acababa de regresar, por otro camino y muchos años después, al mismo lugar que había fotografiado aquella primera vez. Sin saber que aquel vínculo todavía tardaría en revelarse.
Porque hay lugares que, de alguna manera, permanecen vinculados a nosotros. O quizá somos nosotros quienes quedamos vinculados a ellos. Y consiguen, de una forma u otra, quedarse para siempre en nuestro camino.
En los momentos más difíciles de mi vida, salir a la montaña, a la Pedriza, ha sido mi única forma de soportar sentimientos insoportables. Y en uno de esos momentos volví a recurrir al bálsamo de mis días de piedra.
Subí de nuevo hacia el Yelmo, dejándome llevar por aquel camino tan conocido mientras el tiempo pasaba por mí y mis pies avanzaban sin sentir realmente el camino, transitando de un lugar a otro como un cuerpo sin alma.
Llegué hasta mi querido Yelmo sin intención siquiera de coronarlo. Lo rodeé, como tantas otras veces, para alcanzar el collado que asoma a la Umbría Calderón. Habría podido bajar por allí. El cuerpo seguía recorriendo el camino conocido sin necesidad de pensar, mientras mi mente vagaba detrás de él, como un fardo atado a su espalda.

Pero, no sé por qué, la memoria vino al rescate de mi escasa lucidez. Me trajo el recuerdo de un lugar que siempre había querido conocer: el Corral Ciego y la Bola de San Antonio. Sabía que el camino no estaba demasiado marcado, pero también que la entrada se encontraba cerca, justo antes de la Maza. Sin pensarlo dos veces, cambié de rumbo y lo encontré.
El Corral Ciego se encuentra justo a la espalda de la Maza. Es una pequeña plaza rodeada de riscos que la cierran casi por completo. Al fondo, la Bola de San Antonio permite la salida por un estrecho callejón.
Recorrí el Corral dejándome acunar por una sensación de hogar, de recogimiento y avancé hacia la salida bajo la Bola hasta cruzar al otro lado.

Antes siquiera de entender por qué, mi cuerpo se aflojó, se rindió por completo y me dejó allí, abandonado como un trapo viejo.
Me senté y tardé un rato en comprender qué estaba sintiendo. Era como si el camino hubiera terminado. Como si algo se hubiera cerrado.
Una calma profunda me invadía de nuevo. La misma quietud. El mismo silencio. Aquella extraña sensación de que el mundo se había detenido y hasta el cielo parecía haberse quedado inmóvil sobre mi cabeza.
Entonces empecé a recomponer el puzzle. Pieza a pieza. A mi derecha estaba la portilla que había utilizado la primera vez y a la que ahora, por fin, podía ponerle nombre. Frente a mí, el estrecho callejón por el que había entrado la segunda vez, sin saber dónde estaba. A la izquierda, la salida hacia el Hueco de las Hoces.

Y yo, inmóvil bajo la Bola de San Antonio, comprendiendo finalmente aquello que durante años me había permanecido oculto.
La fotografía.
La primera entrada.
El segundo camino.
El regreso.
Todo conducía al mismo lugar.
Había tardado años en descubrirlo.
Había entrado por tres caminos diferentes y en tres momentos completamente distintos de mi vida.
Y quizá por eso aquel lugar me había resultado siempre tan familiar.
Porque, sin saberlo, ya había estado allí.
Porque algunos lugares no se descubren una sola vez.
A veces necesitan que volvamos a ellos cuando estamos preparados para reconocerlos.
Y aquel día, por fin, até un vínculo antiguo que conservaré para siempre.


DÍAS DE PIEDRA
DÍAS DE PIEDRA
DÍAS DE PIEDRA
DÍAS DE PIEDRA
El Jardín
Salir de la senda marcada y conocida, solo, sin GPS y con apenas un viejo mapa como guía, era un reto que solo afrontaba cuando me encontraba realmente en mis mejores momentos.
En mis primeras salidas en solitario, bajar del Yelmo por la Umbría Calderón hasta el Tolmo y contemplar el amenazante perfil de la Maza era un recorrido habitual cuando no disponía de demasiado tiempo. Siempre me había llamado la atención una senda que pasaba por debajo de la Maza y se perdía más allá. Estaba muy marcada, pero no sabía adónde llevaba.
Aquel día decidí seguirla y me condujo hasta una estrecha abertura que dejaba entrar a un curioso lugar, cerrado entre grandes riscos pero abierto hacia el Hueco de las Hoces.
Tomé una fotografía que todavía hoy consigue llevarme allí de nuevo.

Después continué hasta el Hueco de las Hoces, descendiendo por una pendiente de bloques que tuve que interpretar correctamente, porque allí no había una senda definida.
Durante los años siguientes me dediqué a recorrer otros rincones de la Pedriza Posterior, todavía mucho más desconocida para mí, dejando descansar durante un tiempo al Yelmo y su macizo.
Ya más habituado a explorar nuevas sendas regresé, llegué hasta el Rocódromo y continué por el camino que asciende hacia el Yelmo, dejando la Maza a la derecha. En algún momento perdí la senda y mis pasos equivocados me llevaron hasta una intrincada mezcla de paredes y callejones.
Pero aquel lugar parecía atraparme con su juego así que decidí dejarme llevar por la intuición y terminé frente a un callejón que se estrechaba cada vez más. La pendiente era fuerte y desde abajo no podía saber con claridad si al final encontraría una salida.
La había, era una estrecha oquedad en la parte superior del callejón, que se había ido cerrando hasta dejar apenas espacio para alcanzar el final.
Dudé mucho antes de intentarlo. No parecía imposible, pero sí complicado. Pasé primero la mochila, aun a riesgo de no poder recuperarla si finalmente no conseguía colarme por aquel pequeño agujero. Después, utilizando manos, pies y espalda, fui ganando altura hasta conseguir introducir un brazo, después el otro, y finalmente remontarme para atravesar la oquedad.
Recuperé la mochila y respiré. Ahora quedaba enfrentarse a una posibilidad que no quería ni pensar: que al otro lado no hubiera ninguna salida hacia un lugar conocido y tuviera que volver a deslizarme por aquel agujero para desandar todo el camino.
Pero aquel día estaba de suerte. La salida me llevó hasta una amplia roca prácticamente plana que dominaba desde cierta altura un bonito claro salpicado de pequeños arbustos. Desde allí pude distinguir la silueta familiar del Elefante del Yelmo y pude ubicarme.
Lo complicado había quedado atrás.

Había entrado por el lado contrario, así que no reconocí el lugar. Sin embargo, me resultaba extrañamente familiar. Había algo allí que me hacía sentir bien. Una sensación difícil de explicar, pero conocida: calma, paz, silencio. Era de nuevo aquel lugar.
Aunque entonces no fui capaz de relacionarlo. Me marché sin saber dónde había conseguido llegar. Sin saber que acababa de regresar, por otro camino y muchos años después, al mismo lugar que había fotografiado aquella primera vez. Sin saber que aquel vínculo todavía tardaría en revelarse.
Porque hay lugares que, de alguna manera, permanecen vinculados a nosotros. O quizá somos nosotros quienes quedamos vinculados a ellos. Y consiguen, de una forma u otra, quedarse para siempre en nuestro camino.
En los momentos más difíciles de mi vida, salir a la montaña, a la Pedriza, ha sido mi única forma de soportar sentimientos insoportables. Y en uno de esos momentos volví a recurrir al bálsamo de mis días de piedra.
Subí de nuevo hacia el Yelmo, dejándome llevar por aquel camino tan conocido mientras el tiempo pasaba por mí y mis pies avanzaban sin sentir realmente el camino, transitando de un lugar a otro como un cuerpo sin alma.
Llegué hasta mi querido Yelmo sin intención siquiera de coronarlo. Lo rodeé, como tantas otras veces, para alcanzar el collado que asoma a la Umbría Calderón. Habría podido bajar por allí. El cuerpo seguía recorriendo el camino conocido sin necesidad de pensar, mientras mi mente vagaba detrás de él, como un fardo atado a su espalda.

Pero, no sé por qué, la memoria vino al rescate de mi escasa lucidez. Me trajo el recuerdo de un lugar que siempre había querido conocer: el Corral Ciego y la Bola de San Antonio. Sabía que el camino no estaba demasiado marcado, pero también que la entrada se encontraba cerca, justo antes de la Maza. Sin pensarlo dos veces, cambié de rumbo y lo encontré.
El Corral Ciego se encuentra justo a la espalda de la Maza. Es una pequeña plaza rodeada de riscos que la cierran casi por completo. Al fondo, la Bola de San Antonio permite la salida por un estrecho callejón.
Recorrí el Corral dejándome acunar por una sensación de hogar, de recogimiento y avancé hacia la salida bajo la Bola hasta cruzar al otro lado.

Antes siquiera de entender por qué, mi cuerpo se aflojó, se rindió por completo y me dejó allí, abandonado como un trapo viejo.
Me senté y tardé un rato en comprender qué estaba sintiendo. Era como si el camino hubiera terminado. Como si algo se hubiera cerrado.
Una calma profunda me invadía de nuevo. La misma quietud. El mismo silencio. Aquella extraña sensación de que el mundo se había detenido y hasta el cielo parecía haberse quedado inmóvil sobre mi cabeza.
Entonces empecé a recomponer el puzzle. Pieza a pieza. A mi derecha estaba la portilla que había utilizado la primera vez y a la que ahora, por fin, podía ponerle nombre. Frente a mí, el estrecho callejón por el que había entrado la segunda vez, sin saber dónde estaba. A la izquierda, la salida hacia el Hueco de las Hoces.

Y yo, inmóvil bajo la Bola de San Antonio, comprendiendo finalmente aquello que durante años me había permanecido oculto.
La fotografía.
La primera entrada.
El segundo camino.
El regreso.
Todo conducía al mismo lugar.
Había tardado años en descubrirlo.
Había entrado por tres caminos diferentes y en tres momentos completamente distintos de mi vida.
Y quizá por eso aquel lugar me había resultado siempre tan familiar.
Porque, sin saberlo, ya había estado allí.
Porque algunos lugares no se descubren una sola vez.
A veces necesitan que volvamos a ellos cuando estamos preparados para reconocerlos.
Y aquel día, por fin, até un vínculo antiguo que conservaré para siempre.


DÍAS DE PIEDRA
DÍAS DE PIEDRA
El Mogote de los Suicidas es uno de los monolitos más icónicos de La Pedriza, una aguja de granito de silueta inconfundible que se eleva de forma aislada sobre el caos de bloques que la rodea. Su perfil estilizado, rematado por una característica “cabeza” inclinada, lo convierte en una de las formaciones más fotogénicas y reconocibles.
El Mogote surge entre placas pulidas y apilamientos graníticos, dominando visualmente todo su entorno. Desde su base, la vista se abre hacia la Pedriza anterior y el valle, ofreciendo una sensación de verticalidad y exposición muy marcada, especialmente en días despejados donde la luz resalta los volúmenes y texturas de la roca.
Su cima, inaccesible a pie, sólo puede alcanzarse mediante escalada, siendo una ascensión clásica dentro de la zona. El descenso se realiza mediante rápel, lo que añade un componente técnico y aventurero a una formación que transmite una gran presencia.
Como Llegar, Ruta y Acceso: El acceso al Mogote de los Suicidas permite además recorrer algunos de los parajes más representativos de La Pedriza. La ruta más habitual parte desde el entorno del Refugio Giner de los Ríos, pasando por el Tolmo, el Collado de la Dehesilla y la Pradera de Navajuélos, en un itinerario muy completo tanto a nivel paisajístico como montañero.
Entorno y fotografía: El Mogote de los Suicidas no sólo es un objetivo para escaladores, sino también un enclave de gran interés para senderistas y fotógrafos, que encuentran en su silueta y en su entorno uno de los mejores ejemplos del modelado granítico de La Pedriza.
Cosas que pasan en la montaña
He llegado a la conclusión de que, si piensas que una situación absurda tiene pocas probabilidades de ocurrir, lo mejor que puedes hacer es subir a la montaña. Allí descubrirás que una de esas pocas probabilidades te estaba esperando.
Me ha pasado de todo. Y cuando digo de todo no me refiero a encuentros con osos, rescates en helicóptero ni grandes aventuras de esas que quedan bien cuando las cuentas. Me refiero a situaciones mucho más pequeñas, de esas que parecen imposibles cuando las explicas, pero que, después de muchos años de montaña, uno termina aceptando como parte del paisaje.
Aquel día salí de casa convencido de que iba a hacer una ruta normal. Había calculado la hora de salida, el tiempo aproximado de subida, un descanso y la vuelta. En mi cabeza todo estaba perfectamente planeado. Lo que todavía no sabía era que aquel día la montaña había decidido encargarse de la organización.
La primera señal llegó antes incluso de empezar a caminar. Al preparar la mochila a pie de coche descubrí que había metido una lata de comida, pero no el abrelatas. No era la primera vez que me ocurría. Es curioso comprobar que siempre llevo algo que no necesito y siempre necesito algo que no llevo. Debe de ser una de las leyes fundamentales de la montaña.
Guardé la lata y pensé que tampoco pasaba nada. Probablemente ni siquiera tendría hambre.
A los pocos minutos de empezar a caminar comprobé que sí tendría hambre.
También comprobé que llevaba demasiada ropa. Hacía frío al salir de casa y había pensado que una chaqueta y el polar serían una buena idea. Diez minutos después estaba sudando. Me quité la chaqueta y la guardé. Dos minutos más tarde apareció una ráfaga de viento y tuve que volver a ponérmela hasta que poco después volvió a sobrarme.
Así comenzó una jornada en la que tuve la sensación de hacer más ejercicio poniéndome y quitándome ropa que acumulando desnivel.
Seguí subiendo y, unos cientos de metros más adelante, vi a una mujer mayor que caminaba delante de mí. Bastante mayor. Una abuela, vamos. De esas que ves subir tranquilamente y piensas que llevan toda la vida andando por la montaña.
La adelanté, la saludé y continué a mi ritmo.
Un rato después decidí parar para evacuar aguas menores. Dos minutos, como mucho. Me coloqué la mochila y seguí caminando. Al girar detrás de una roca me encontré de nuevo con la abuela.
Delante de mí. Subiendo tranquilamente.
Me quedé mirándola, intentando encontrar una explicación razonable. La primera fue que se había teletransportado. La segunda, que yo había estado allí parado durante media hora sin darme cuenta. La tercera, que tenía una hermana gemela. Pero no. Me fijé bien y era ella. La misma mujer que había adelantado hacía un rato, caminando a su ritmo, sin aparente esfuerzo y sin ninguna intención de participar en mi crisis existencial.
Continué subiendo y, como suele ocurrir cuando uno toma una decisión demasiado pronto, empezó a llover.
No estaba previsto. Había consultado la meteorología antes de salir y las aplicaciones coincidían en que el día iba a ser bueno. Pero la montaña tiene un sentido del humor especial con estas cosas. Cuando decides llevar el chubasquero, no llueve. Cuando piensas que no hace falta porque has consultado tres aplicaciones distintas, llueve con intención y sin medida.
Me refugié como pude y esperé. Mientras tanto, pensé que estaría bien comprobar la ruta en el móvil.
Consulté el GPS. Según el GPS, el sendero estaba en otro sitio. Miré el terreno. El terreno opinaba lo contrario.
Decidí seguir mi intuición. Después de todo, llevaba años caminando por la montaña y alguna experiencia tendría que haber adquirido. Lo que no había calculado era que, a esas alturas, mi intuición estaba formada principalmente por el hambre, el cansancio y unas ganas considerables de llegar.
La lluvia desapareció tan rápido como había llegado y salió de nuevo el sol. Volví a quitarme la chaqueta.
Poco a poco, la cumbre empezó a hacerse visible. Desde abajo parecía relativamente cerca, lo que me tranquilizó. Siempre tranquiliza ver el objetivo. El problema es que las distancias en la montaña tienen una curiosa tendencia a cambiar según el lugar desde el que las mires. Desde abajo todo parece más cerca; desde arriba, todo parece más lejos. Y después de unas horas caminando, cualquier cosa que esté a menos de cien metros adquiere una dimensión casi mitológica.
Llegué a lo que parecía la última pendiente y pensé que ya estaba. Era uno de esos momentos en los que empiezas a recuperar la confianza en la vida. Estás cansado, pero sabes que queda poco.
Sin embargo tras subir la pendiente apareció otra y después otra más.
En algún momento empecé a sospechar que la montaña estaba fabricando terreno nuevo a medida que avanzaba.
Entonces apareció la cabra. Esa que siempre aparece tranquilamente tumbada sobre una roca. Nos miramos durante unos segundos, ella completamente relajada mientras yo estaba sudando, cansado y respirando como si hubiera elegido una actividad equivocada para pasar la mañana. Ella parecía encontrarse perfectamente. Incluso tuve la impresión de que se estaba preguntando cuánto me quedaba de vida. No supe qué contestarle y continué.
Poco después escuché un pájaro. No sé qué pájaro era. Solo sé que hacía un sonido parecido a «currupipi».
Al principio no le presté demasiada atención. Después volvió a hacerlo. Y otra vez. Y otra.
Intenté concentrarme en la ruta. Pensé en la cumbre, en la ducha que me esperaba en casa y en la comida que debía de estar preparando mi imaginación. Pensé incluso en la lata que seguía en la mochila, esperando un abrelatas que estaba tranquilamente en mi cocina.
Al cabo de un rato, aquel sonido ya estaba instalado en mi cabeza. Lo peor fue que empecé a escucharlo incluso cuando el pájaro se callaba. Entonces comprendí que quizá la verdadera dificultad de algunas rutas no está en el desnivel, sino en mantener la cordura.
Seguí caminando hasta que decidí sentarme cinco minutos. Había aprendido la lección de la abuela y elegí cuidadosamente el lugar, procurando que no hubiera ninguna roca alrededor por la que pudiera aparecer misteriosamente.
Al principio, sentarse fue una excelente decisión. Apoyé la espalda, bebí agua y contemplé el paisaje. Cinco minutos después ya no quería levantarme. A los diez empecé a preguntarme si realmente necesitaba continuar. A los quince, la roca empezaba a parecerme un hotel de lujo.
Si me levanté fue solo porque, ya que había que bajar, mejor sería terminar de subir.
Para entonces llevaba buena parte de la jornada pensando en la ducha, en la comida y en una siesta de tres horas. También había empezado a sospechar que mis cálculos iniciales eran demasiado optimistas. Había salido pensando en una ruta de unas cuatro horas y ya llevaba bastante más.
Las rutas más cortas son, a veces, las más peligrosas. Sobre el papel todo parece sencillo: dos horas de subida, media hora de descanso y hora y media de bajada. Cuatro horas. Algo razonable.
Luego aparece un desvío que merece la pena, un sitio que ya que estás allí habría que ver, una subida que «no puede ser para tanto» y una variante que parece estar a cinco minutos. Y cuando quieres darte cuenta, llevas medio día andando y no sabes exactamente en qué momento desaparecieron las matemáticas.
Cuando finalmente llegué arriba la vista era magnífica y durante unos minutos se me olvidó todo lo anterior. No era la luz ideal pero, ya que había llegado hasta allí, saqué la cámara y tomé unas cuantas fotografías.
Después guardé la cámara. Estaba demasiado cansado para seguir haciendo más fotos y, por supuesto, justo entonces apareció la luz perfecta.
Saqué la cámara otra vez, busqué el encuadre y disparé. Aquello tenía que ser una fotografía extraordinaria. La luz, el paisaje, el momento… Todo estaba de mi parte.
Pero todavía quedaba bajar y me quedaban las fuerzas justas. Comencé el descenso y, a medio camino, volví a escuchar el pájaro.
Currupipí.
Pensé que aquello no podía estar ocurriendo.
Currupipí.
Y entonces, entre las rocas, apareció de nuevo la mujer mayor. La abuela.
Por un instante pensé que aquello confirmaba definitivamente mi teoría de las dimensiones paralelas. Ella me saludó tranquilamente, como si nos hubiéramos cruzado hacía cinco minutos.
Yo no pregunté nada, no quería saber nada. Solo quería seguir bajando.
Cuando finalmente llegué a casa estaba agotado. Me duché, comí todo lo que encontré y me tumbé pensando que aquella había sido una de esas rutas que uno recuerda durante mucho tiempo, aunque solo sea para preguntarse por qué demonios decidió hacerla.
Después de dormir casi tres horas todavía estaba cansado. Empecé a mirar las fotografías del día. Volví a ver la montaña, la luz, la cumbre, la cabra y aquellos lugares por los que había pasado. También encontré la fotografía que había hecho cuando estaba demasiado cansado para seguir fotografiando. Aquella imagen que en directo parecía espectacular era una mezcla de piedras, ramas y plantas en la que no se distinguía absolutamente nada. La borré definitivamente.
Y entonces apareció el último misterio de la jornada.
Después de la lluvia, de la chaqueta, del GPS, de la mochila, de la lata sin abrelatas, de la cumbre interminable, de la cabra, del currupipí y, sobre todo, de aquella abuela que parecía capaz de aparecer delante de mí cada vez que me despistaba, empecé a pensar en la próxima ruta.
No sé qué clase de enfermedad es esta.
Pero sospecho que no tiene cura.
Cosas que pasan en la montaña
He llegado a la conclusión de que, si piensas que una situación absurda tiene pocas probabilidades de ocurrir, lo mejor que puedes hacer es subir a la montaña. Allí descubrirás que una de esas pocas probabilidades te estaba esperando.
Me ha pasado de todo. Y cuando digo de todo no me refiero a encuentros con osos, rescates en helicóptero ni grandes aventuras de esas que quedan bien cuando las cuentas. Me refiero a situaciones mucho más pequeñas, de esas que parecen imposibles cuando las explicas, pero que, después de muchos años de montaña, uno termina aceptando como parte del paisaje.
Aquel día salí de casa convencido de que iba a hacer una ruta normal. Había calculado la hora de salida, el tiempo aproximado de subida, un descanso y la vuelta. En mi cabeza todo estaba perfectamente planeado. Lo que todavía no sabía era que aquel día la montaña había decidido encargarse de la organización.
La primera señal llegó antes incluso de empezar a caminar. Al preparar la mochila a pie de coche descubrí que había metido una lata de comida, pero no el abrelatas. No era la primera vez que me ocurría. Es curioso comprobar que siempre llevo algo que no necesito y siempre necesito algo que no llevo. Debe de ser una de las leyes fundamentales de la montaña.
Guardé la lata y pensé que tampoco pasaba nada. Probablemente ni siquiera tendría hambre.
A los pocos minutos de empezar a caminar comprobé que sí tendría hambre.
También comprobé que llevaba demasiada ropa. Hacía frío al salir de casa y había pensado que una chaqueta y el polar serían una buena idea. Diez minutos después estaba sudando. Me quité la chaqueta y la guardé. Dos minutos más tarde apareció una ráfaga de viento y tuve que volver a ponérmela hasta que poco después volvió a sobrarme.
Así comenzó una jornada en la que tuve la sensación de hacer más ejercicio poniéndome y quitándome ropa que acumulando desnivel.
Seguí subiendo y, unos cientos de metros más adelante, vi a una mujer mayor que caminaba delante de mí. Bastante mayor. Una abuela, vamos. De esas que ves subir tranquilamente y piensas que llevan toda la vida andando por la montaña.
La adelanté, la saludé y continué a mi ritmo.
Un rato después decidí parar para evacuar aguas menores. Dos minutos, como mucho. Me coloqué la mochila y seguí caminando. Al girar detrás de una roca me encontré de nuevo con la abuela.
Delante de mí. Subiendo tranquilamente.
Me quedé mirándola, intentando encontrar una explicación razonable. La primera fue que se había teletransportado. La segunda, que yo había estado allí parado durante media hora sin darme cuenta. La tercera, que tenía una hermana gemela. Pero no. Me fijé bien y era ella. La misma mujer que había adelantado hacía un rato, caminando a su ritmo, sin aparente esfuerzo y sin ninguna intención de participar en mi crisis existencial.
Continué subiendo y, como suele ocurrir cuando uno toma una decisión demasiado pronto, empezó a llover.
No estaba previsto. Había consultado la meteorología antes de salir y las aplicaciones coincidían en que el día iba a ser bueno. Pero la montaña tiene un sentido del humor especial con estas cosas. Cuando decides llevar el chubasquero, no llueve. Cuando piensas que no hace falta porque has consultado tres aplicaciones distintas, llueve con intención y sin medida.
Me refugié como pude y esperé. Mientras tanto, pensé que estaría bien comprobar la ruta en el móvil.
Consulté el GPS. Según el GPS, el sendero estaba en otro sitio. Miré el terreno. El terreno opinaba lo contrario.
Decidí seguir mi intuición. Después de todo, llevaba años caminando por la montaña y alguna experiencia tendría que haber adquirido. Lo que no había calculado era que, a esas alturas, mi intuición estaba formada principalmente por el hambre, el cansancio y unas ganas considerables de llegar.
La lluvia desapareció tan rápido como había llegado y salió de nuevo el sol. Volví a quitarme la chaqueta.
Poco a poco, la cumbre empezó a hacerse visible. Desde abajo parecía relativamente cerca, lo que me tranquilizó. Siempre tranquiliza ver el objetivo. El problema es que las distancias en la montaña tienen una curiosa tendencia a cambiar según el lugar desde el que las mires. Desde abajo todo parece más cerca; desde arriba, todo parece más lejos. Y después de unas horas caminando, cualquier cosa que esté a menos de cien metros adquiere una dimensión casi mitológica.
Llegué a lo que parecía la última pendiente y pensé que ya estaba. Era uno de esos momentos en los que empiezas a recuperar la confianza en la vida. Estás cansado, pero sabes que queda poco.
Sin embargo tras subir la pendiente apareció otra y después otra más.
En algún momento empecé a sospechar que la montaña estaba fabricando terreno nuevo a medida que avanzaba.
Entonces apareció la cabra. Esa que siempre aparece tranquilamente tumbada sobre una roca. Nos miramos durante unos segundos, ella completamente relajada mientras yo estaba sudando, cansado y respirando como si hubiera elegido una actividad equivocada para pasar la mañana. Ella parecía encontrarse perfectamente. Incluso tuve la impresión de que se estaba preguntando cuánto me quedaba de vida. No supe qué contestarle y continué.
Poco después escuché un pájaro. No sé qué pájaro era. Solo sé que hacía un sonido parecido a «currupipi».
Al principio no le presté demasiada atención. Después volvió a hacerlo. Y otra vez. Y otra.
Intenté concentrarme en la ruta. Pensé en la cumbre, en la ducha que me esperaba en casa y en la comida que debía de estar preparando mi imaginación. Pensé incluso en la lata que seguía en la mochila, esperando un abrelatas que estaba tranquilamente en mi cocina.
Al cabo de un rato, aquel sonido ya estaba instalado en mi cabeza. Lo peor fue que empecé a escucharlo incluso cuando el pájaro se callaba. Entonces comprendí que quizá la verdadera dificultad de algunas rutas no está en el desnivel, sino en mantener la cordura.
Seguí caminando hasta que decidí sentarme cinco minutos. Había aprendido la lección de la abuela y elegí cuidadosamente el lugar, procurando que no hubiera ninguna roca alrededor por la que pudiera aparecer misteriosamente.
Al principio, sentarse fue una excelente decisión. Apoyé la espalda, bebí agua y contemplé el paisaje. Cinco minutos después ya no quería levantarme. A los diez empecé a preguntarme si realmente necesitaba continuar. A los quince, la roca empezaba a parecerme un hotel de lujo.
Si me levanté fue solo porque, ya que había que bajar, mejor sería terminar de subir.
Para entonces llevaba buena parte de la jornada pensando en la ducha, en la comida y en una siesta de tres horas. También había empezado a sospechar que mis cálculos iniciales eran demasiado optimistas. Había salido pensando en una ruta de unas cuatro horas y ya llevaba bastante más.
Las rutas más cortas son, a veces, las más peligrosas. Sobre el papel todo parece sencillo: dos horas de subida, media hora de descanso y hora y media de bajada. Cuatro horas. Algo razonable.
Luego aparece un desvío que merece la pena, un sitio que ya que estás allí habría que ver, una subida que «no puede ser para tanto» y una variante que parece estar a cinco minutos. Y cuando quieres darte cuenta, llevas medio día andando y no sabes exactamente en qué momento desaparecieron las matemáticas.
Cuando finalmente llegué arriba la vista era magnífica y durante unos minutos se me olvidó todo lo anterior. No era la luz ideal pero, ya que había llegado hasta allí, saqué la cámara y tomé unas cuantas fotografías.
Después guardé la cámara. Estaba demasiado cansado para seguir haciendo más fotos y, por supuesto, justo entonces apareció la luz perfecta.
Saqué la cámara otra vez, busqué el encuadre y disparé. Aquello tenía que ser una fotografía extraordinaria. La luz, el paisaje, el momento… Todo estaba de mi parte.
Pero todavía quedaba bajar y me quedaban las fuerzas justas. Comencé el descenso y, a medio camino, volví a escuchar el pájaro.
Currupipí.
Pensé que aquello no podía estar ocurriendo.
Currupipí.
Y entonces, entre las rocas, apareció de nuevo la mujer mayor. La abuela.
Por un instante pensé que aquello confirmaba definitivamente mi teoría de las dimensiones paralelas. Ella me saludó tranquilamente, como si nos hubiéramos cruzado hacía cinco minutos.
Yo no pregunté nada, no quería saber nada. Solo quería seguir bajando.
Cuando finalmente llegué a casa estaba agotado. Me duché, comí todo lo que encontré y me tumbé pensando que aquella había sido una de esas rutas que uno recuerda durante mucho tiempo, aunque solo sea para preguntarse por qué demonios decidió hacerla.
Después de dormir casi tres horas todavía estaba cansado. Empecé a mirar las fotografías del día. Volví a ver la montaña, la luz, la cumbre, la cabra y aquellos lugares por los que había pasado. También encontré la fotografía que había hecho cuando estaba demasiado cansado para seguir fotografiando. Aquella imagen que en directo parecía espectacular era una mezcla de piedras, ramas y plantas en la que no se distinguía absolutamente nada. La borré definitivamente.
Y entonces apareció el último misterio de la jornada.
Después de la lluvia, de la chaqueta, del GPS, de la mochila, de la lata sin abrelatas, de la cumbre interminable, de la cabra, del currupipí y, sobre todo, de aquella abuela que parecía capaz de aparecer delante de mí cada vez que me despistaba, empecé a pensar en la próxima ruta.
No sé qué clase de enfermedad es esta.
Pero sospecho que no tiene cura.



El Mogote de los Suicidas es uno de los monolitos más icónicos de La Pedriza, una aguja de granito de silueta inconfundible que se eleva de forma aislada sobre el caos de bloques que la rodea. Su perfil estilizado, rematado por una característica “cabeza” inclinada, lo convierte en una de las formaciones más fotogénicas y reconocibles.
El Mogote surge entre placas pulidas y apilamientos graníticos, dominando visualmente todo su entorno. Desde su base, la vista se abre hacia la Pedriza anterior y el valle, ofreciendo una sensación de verticalidad y exposición muy marcada, especialmente en días despejados donde la luz resalta los volúmenes y texturas de la roca.
Su cima, inaccesible a pie, sólo puede alcanzarse mediante escalada, siendo una ascensión clásica dentro de la zona. El descenso se realiza mediante rápel, lo que añade un componente técnico y aventurero a una formación que transmite una gran presencia.
Como Llegar, Ruta y Acceso: El acceso al Mogote de los Suicidas permite además recorrer algunos de los parajes más representativos de La Pedriza. La ruta más habitual parte desde el entorno del Refugio Giner de los Ríos, pasando por el Tolmo, el Collado de la Dehesilla y la Pradera de Navajuélos, en un itinerario muy completo tanto a nivel paisajístico como montañero.
Entorno y fotografía: El Mogote de los Suicidas no sólo es un objetivo para escaladores, sino también un enclave de gran interés para senderistas y fotógrafos, que encuentran en su silueta y en su entorno uno de los mejores ejemplos del modelado granítico de La Pedriza.
