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DÍAS DE PIEDRA

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El Mogote de los Suicidas es uno de los monolitos más icónicos de La Pedriza, una aguja de granito de silueta inconfundible que se eleva de forma aislada sobre el caos de bloques que la rodea. Su perfil estilizado, rematado por una característica “cabeza” inclinada, lo convierte en una de las formaciones más fotogénicas y reconocibles.

El Mogote surge entre placas pulidas y apilamientos graníticos, dominando visualmente todo su entorno. Desde su base, la vista se abre hacia la Pedriza anterior y el valle, ofreciendo una sensación de verticalidad y exposición muy marcada, especialmente en días despejados donde la luz resalta los volúmenes y texturas de la roca.

Su cima, inaccesible a pie, sólo puede alcanzarse mediante escalada, siendo una ascensión clásica dentro de la zona. El descenso se realiza mediante rápel, lo que añade un componente técnico y aventurero a una formación que transmite una gran presencia.

Como Llegar, Ruta y Acceso: El acceso al Mogote de los Suicidas permite además recorrer algunos de los parajes más representativos de La Pedriza. La ruta más habitual parte desde el entorno del Refugio Giner de los Ríos, pasando por el Tolmo, el Collado de la Dehesilla y la Pradera de Navajuélos, en un itinerario muy completo tanto a nivel paisajístico como montañero.

Entorno y fotografía: El Mogote de los Suicidas no sólo es un objetivo para escaladores, sino también un enclave de gran interés para senderistas y fotógrafos, que encuentran en su silueta y en su entorno uno de los mejores ejemplos del modelado granítico de La Pedriza.

La montaña también se ríe

⚠️ Parte de Incidencias · Estado de la Ruta
• Equilibrio personal: No localizado
• Enfrentamientos con árboles (Ganados/Perdidos): 0/1
• Pantalones: Destrucción inminente.
• Dignidad montañera: 10%
 

No todas las rutas son como uno se las imagina. Ni consisten simplemente en haber subido, haber bajado y haber llegado a casa con la satisfacción del deber cumplido.

Tampoco se parecen necesariamente a las fotografías que uno ha visto antes de salir ni, mucho menos, a lo que después se cuenta al volver a casa o mientras se charla con los amigos.

Porque las rutas, como casi todo en la vida, tienen una curiosa tendencia a hacerlo que les da la gana.

Las hay perfectas, sí. De esas en las que todo sale según lo previsto: el tiempo acompaña, el camino está claro, las piernas responden, no te pierdes, no te caes y llegas al objetivo a la hora que habías calculado. Incluso haces alguna fotografía decente. Son esas rutas que terminan tan bien que, al llegar abajo, uno se siente hasta un poco raro, como si faltara algo.

Y es que en muchas otras, por no decir en la mayoría, siempre aparece algo que no estaba en el guion. A veces es solo un pequeño contratiempo. Otras, una sucesión de ellos. Y en alguna ocasión especialmente inspirada, la montaña parece decidir que ese día ha venido a echarse unas risas a tu costa.

— INCIDENTE Nº 01 · EQUILIBRIO PERDIDO —

Hay rutas en las que, por haber elegido mal el calzado, porque llevas la cabeza en otra parte o, sencillamente, porque ese día has dejado el equilibrio en casa, no haces más que tropezar. Tropiezas con una piedra, resbalas con otra y golpeas el pie contra una tercera.

Y al cabo de un rato empiezas a caminar con la sospecha de que quizá tus piernas y tus pies han decidido independizarse y trabajar cada uno por su cuenta.

Te preguntas qué demonios te está pasando. Porque sabes andar. Llevas haciéndolo toda la vida. Y, sin embargo, aquel día parece que te han instalado las piernas de otro.

Vuelves a casa lleno de pequeños golpes, algún moratón y la sensación de ser un patoso. Y durante un rato incluso te planteas seriamente si esto de salir al monte es realmente para ti.

Hasta que al día siguiente ya estás pensando en la siguiente ruta.

— INCIDENTE Nº 02 · ADHERENCIA CUESTIONABLE —

Luego están esas otras ocasiones en las que uno sobreestima peligrosamente sus propias capacidades. Por ejemplo, cuando empiezas a bajar una placa convencido de que tu magistral técnica de adherencia te permite caminar prácticamente sobre el granito como una lagartija.

Das un par de pasos. Otro más. Y de repente descubres que la adherencia era magistral pero solo en tu imaginación.

El pie se va. El otro intenta seguirle. El cuerpo decide que tampoco quiere quedarse atrás. Y acabas bajando sentado, arrastrándote por la placa como un caracol con prisa, mientras los pantalones dejan de ser unos pantalones para convertirse en un recuerdo y las manos se abrasan intentando conseguir algo que se parezca mínimamente a un freno.

Cuando por fin llegas abajo, te incorporas. Miras alrededor. No hay nadie.

Ahora tienes que recuperar tu dignidad montañera sin testigos. Te sacudes el polvo, te colocas la ropa y miras la placa con cierta indiferencia, como si aquello hubiera sido exactamente lo que tenías previsto hacer. Como un señor.

— INCIDENTE Nº 03 · CONFLICTO FORESTAL —

Hay otras rutas, sin embargo, en las que la montaña decide que una sola desgracia sería demasiado poco. Entonces ocurre todo a la vez.

Vas caminando, pensando en tus cosas y, probablemente, hablando solo, porque uno acaba manteniendo conversaciones bastante interesantes consigo mismo cuando pasa suficientes horas solo en el monte.

Y entonces aparece una rama. No la ves. O la ves demasiado tarde. Te enganchas, intentas soltarte y la rama no cede. Tiras un poco más. Tampoco.

Entonces empiezas a negociar. Después a insultar. Y finalmente descubres, con cierta humillación, que aquel árbol tiene más paciencia que tú y probablemente también más inteligencia.

Tiras otra vez. La rama se engancha todavía más. Maldices por enésima vez y, cuando por fin consigues liberarte, sales de allí con un arañazo que probablemente seguirá contigo una semana.

Pero, curiosamente, te sientes victorioso. Has sobrevivido. Has vencido al árbol. Has derrotado a la naturaleza en combate singular.

Hasta que, dos kilómetros más abajo, notas algo extraño. Te llevas la mano a la cabeza. La gorra no está. Ahora toca volver a buscarla y probablemente allí estará la rama, esperándote.

— INFORME FINAL —

Hay días en los que la montaña parece tener un sentido del humor bastante particular.

Lo curioso es que, con el tiempo, son precisamente esas rutas las que terminan ocupando un lugar especial en la memoria. No recuerdas tanto aquella en la que todo salió perfecto, en la que llegaste a la hora prevista y las fotografías quedaron magníficas. Recuerdas la placa en la que terminaste sentado, el árbol que se negó a soltarte, el pie que se empeñó en golpearse contra todas las piedras del camino, la gorra perdida, el arañazo y la maldición que soltaste cuando te enganchaste con aquella rama.

Y también recuerdas cómo, después de todo aquello, seguiste caminando.

Porque quizá sea eso lo que hace que una ruta sea realmente nuestra. No solo haber llegado arriba. También haber tropezado, haberse caído, haberse perdido un poco, haber hecho el ridículo, haber discutido con un árbol y haber tenido que regresar a por una gorra que jamás debió salir volando de la mochila.

La montaña nos recuerda de vez en cuando que, por mucho que sepamos, por mucha experiencia que tengamos y por muy convencidos que estemos de controlar la situación, seguimos siendo humanos.

Y ser humano es también eso. Ser imperfecto. Equivocarse. Tropezar. Caerse. Levantarse. Y, de vez en cuando, hacer un poco el ridículo.

Porque quizá la montaña no siempre esté ahí para enseñarnos a ser mejores montañeros. A veces simplemente está ahí para recordarnos que también sabe reírse de nosotros.


El Mogote de los Suicidas es uno de los monolitos más icónicos de La Pedriza, una aguja de granito de silueta inconfundible que se eleva de forma aislada sobre el caos de bloques que la rodea. Su perfil estilizado, rematado por una característica “cabeza” inclinada, lo convierte en una de las formaciones más fotogénicas y reconocibles.

El Mogote surge entre placas pulidas y apilamientos graníticos, dominando visualmente todo su entorno. Desde su base, la vista se abre hacia la Pedriza anterior y el valle, ofreciendo una sensación de verticalidad y exposición muy marcada, especialmente en días despejados donde la luz resalta los volúmenes y texturas de la roca.

Su cima, inaccesible a pie, sólo puede alcanzarse mediante escalada, siendo una ascensión clásica dentro de la zona. El descenso se realiza mediante rápel, lo que añade un componente técnico y aventurero a una formación que transmite una gran presencia.

Como Llegar, Ruta y Acceso: El acceso al Mogote de los Suicidas permite además recorrer algunos de los parajes más representativos de La Pedriza. La ruta más habitual parte desde el entorno del Refugio Giner de los Ríos, pasando por el Tolmo, el Collado de la Dehesilla y la Pradera de Navajuélos, en un itinerario muy completo tanto a nivel paisajístico como montañero.

Entorno y fotografía: El Mogote de los Suicidas no sólo es un objetivo para escaladores, sino también un enclave de gran interés para senderistas y fotógrafos, que encuentran en su silueta y en su entorno uno de los mejores ejemplos del modelado granítico de La Pedriza.