¿Por qué vuelvo?
Vuelvo, una y otra vez, por razones que no siempre sé explicar. A veces por motivos sencillos, casi infantiles; otras por impulsos más hondos, más difíciles de nombrar. Pero siempre regreso. Siempre acabo encontrando un camino que me lleva de nuevo hasta allí.
A veces
Simplemente, por diversión.
A veces vuelvo sin más motivo que el de volver. Por el placer de preparar una ruta cuando todavía está lejos, de extender el mapa sobre la mesa y dejar que los ojos recorran sus líneas.
Por elegir la mochila, revisar el material, decidir qué llevar y qué dejar en casa. Por escoger la música para el camino y sentir que el viaje ha comenzado mucho antes de arrancar el coche.
Lo desconocido
Vuelvo por la emoción de lo desconocido.
Por ese sendero que nunca he recorrido, por la roca que aparece entre los árboles, por el recodo que esconde algo que todavía no sé. Por la pequeña incertidumbre de caminar hacia un lugar que existe desde hace millones de años y que, sin embargo, para mí sigue siendo nuevo. Es la llamada de lo que aún no he visto, de lo que espera silencioso a que yo llegue.
Y luego está el regreso.
Ese cansancio dulce que aparece cuando ya has visto aquello que buscabas y sabes que ahora toca desandar el camino. Las piernas pesan, la mochila parece más pesada que por la mañana y el cuerpo pide descanso. Pero hay una satisfacción tranquila, casi infantil, por haber estado allí.
Mirar de nuevo
También vuelvo para mirar de nuevo.
Hay lugares que he visto decenas de veces y que todavía consiguen detenerme: una pared de granito iluminada por el último sol, una forma imposible recortada contra el cielo, un bosque atravesado por una luz que parece inventada.
Y entonces vuelvo a sentir aquello que sentía de niño: la sensación de que el mundo era enorme, de que detrás de cada montaña podía existir algo desconocido, de que todavía quedaban lugares capaces de sorprenderme. Quizá sea por eso por lo que sigo buscando caminos nuevos cuando ya conozco tantos.
Porque conocer un lugar no significa dejar de descubrirlo.
El límite
A veces vuelvo para ponerme a prueba.
Para comprobar hasta dónde llego cuando dejo de escuchar al cuerpo. Para seguir caminando cuando las piernas protestan, cuando la respiración se vuelve pesada y cada paso exige un poco más que el anterior.
Hasta que llega ese momento extraño en el que el cuerpo deja de negociar y solo queda la voluntad: un paso, después otro, y otro más. Hasta que la cima, el risco o aquel lugar al que quería llegar dejan de ser un punto en el mapa y se convierten en una pequeña victoria que nadie más necesita comprender.
Es mi forma de tocar la verdadera libertad.
De reclamar ese latido salvaje que la comodidad adormece y que necesito sentir de vez en cuando para recordar quién soy.
Escapar
Otras veces vuelvo para escapar.
No sé muy bien de qué. Quizá de los días que se parecen demasiado unos a otros, de los problemas, de las insatisfacciones y de las frustraciones que se van acumulando poco a poco en la vida cotidiana hasta ocupar un espacio insoportable. De las cosas que no han salido como esperaba. De las preocupaciones que se quedan dando vueltas en la cabeza incluso cuando ya no hay nada que resolver.
Necesito que el asfalto se diluya en la distancia. Y entonces camino. Mientras el sendero se estrecha entre las piedras, también empiezan a desvanecerse la rutina, las prisas y el ruido de los demás. Allí arriba, entre el granito, todo adquiere otra dimensión y las cosas recuperan su tamaño real.
Encontrarme
Vuelvo también para encontrarme con otra versión de mí mismo.
Aquella que solo aparece cuando desaparecen los horarios, las obligaciones y las máscaras del día a día. Una versión más sencilla, quizá más torpe, pero infinitamente más verdadera; la del hombre con la piel desnuda y los sentidos alerta, a quien le basta un paisaje, un silencio o el olor a tierra húmeda para recordar quién es cuando nadie mira.
Hay algo profundamente hermoso en eso.
A veces vuelvo para encontrarlo. Para encontrarme.
Y, en el fondo, vuelvo porque allí he encontrado algo parecido a la verdadera libertad. Quizá sea la necesidad de reclamar ese lado salvaje que la vida moderna va cubriendo poco a poco con comodidades, pantallas y rutinas.
Necesito recordar que también somos eso: seres que necesitan tierra bajo los pies, frío, calor, esfuerzo y soledad. Recordar que podemos caminar durante horas, equivocarnos de camino, sentir el vértigo, superar la dificultad y regresar a casa agotados pero extrañamente en paz.
Quizá por eso vuelvo.
Una y otra vez.
Porque en la soledad de este laberinto de piedra, en el silencio abrumador de sus callejones, en el vértigo de sus riscos más atrevidos o en la simple quietud del bosque, resulta imposible mentirse.
El granito actúa como un espejo implacable donde no hay espacio para fingir; te deja solo entre sus piedras.
Solo estás tú, el camino y lo que llevas dentro.
No vuelvo para encontrar algo. Vuelvo para encontrarme.
Para comprender un poco mejor los pasos que me han traído hasta aquí, aceptar lo que soy y recordar, entre piedras, quién quiero seguir siendo.
Por eso vuelvo.
Siempre vuelvo.

