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DÍAS DE PIEDRA

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DÍAS DE PIEDRA

El Mogote de los Suicidas es uno de los monolitos más icónicos de La Pedriza, una aguja de granito de silueta inconfundible que se eleva de forma aislada sobre el caos de bloques que la rodea. Su perfil estilizado, rematado por una característica “cabeza” inclinada, lo convierte en una de las formaciones más fotogénicas y reconocibles.

El Mogote surge entre placas pulidas y apilamientos graníticos, dominando visualmente todo su entorno. Desde su base, la vista se abre hacia la Pedriza anterior y el valle, ofreciendo una sensación de verticalidad y exposición muy marcada, especialmente en días despejados donde la luz resalta los volúmenes y texturas de la roca.

Su cima, inaccesible a pie, sólo puede alcanzarse mediante escalada, siendo una ascensión clásica dentro de la zona. El descenso se realiza mediante rápel, lo que añade un componente técnico y aventurero a una formación que transmite una gran presencia.

Como Llegar, Ruta y Acceso: El acceso al Mogote de los Suicidas permite además recorrer algunos de los parajes más representativos de La Pedriza. La ruta más habitual parte desde el entorno del Refugio Giner de los Ríos, pasando por el Tolmo, el Collado de la Dehesilla y la Pradera de Navajuélos, en un itinerario muy completo tanto a nivel paisajístico como montañero.

Entorno y fotografía: El Mogote de los Suicidas no sólo es un objetivo para escaladores, sino también un enclave de gran interés para senderistas y fotógrafos, que encuentran en su silueta y en su entorno uno de los mejores ejemplos del modelado granítico de La Pedriza.

GATO ESCALDADO

Cuántas veces habría subido a aquel mirador no sabría decirlo.

Unas, para descansar al final de una larga jornada, cuando las piernas pedían tregua y el cuerpo solo quería sentarse sobre una piedra y dejar que el mundo siguiera girando. Otras, simplemente para llenar la vista con aquellos perfiles tan conocidos, reconocer cada recorte contra el cielo, cada pliegue de la montaña, como quien vuelve a contemplar el rostro de alguien querido.

Alguna más, para devorar un bocata y dejarme caer después a la sombra de los árboles, entregándome sin resistencia a una buena siesta.

Era el lugar al que siempre volvía.

Familiar para mis sentidos, amable con mis hartazgos y medicinal para mis penurias. Un lugar al que ir con amigos y al que regresar solo cuando tocaba.

Era el lugar.

Ya había dormido al raso en otras montañas y en distintos rincones de La Pedriza. Algunos más inhóspitos, otros más amables y, alguna vez, cuando la noche me había sorprendido llegando demasiado tarde, incluso dentro del coche.

Aquella tarde tenía tiempo. La ruta había sido corta pero el cansancio era grande, de ese cansancio agradable que se instala en las piernas después de haberlas utilizado bien. Pensé que dormir allí sería perfecto.

Caería la noche y dormiría. Y al amanecer abriría los ojos en aquel lugar especial, con la ventaja de comenzar desde allí la ruta del día siguiente. No podía imaginar un comienzo mejor.

 

Los últimos vestigios de humanidad desaparecieron poco a poco, igual que mi cena, y cuando la oscuridad terminó de apoderarse del paisaje, me introduje en el saco.

Como siempre, dejé a mi lado los dos talismanes por si los sustos: la linterna y la navaja. La navaja tenía un tamaño permitido, pero suficiente —pensaba yo— para quitar malas intenciones. La linterna era de las antiguas, de esas de tres pilas gordas, con un largo mango y un peso formidable. Una de esas que iluminan mucho y que, llegado el caso, podían convertirse en un formidable martillo.

Hay quien duerme a pierna suelta en plena montaña o en medio de una selva, sin pensar en nada. Yo no. Soy de natural precavido y necesito tener cerca algo que me proporcione una cierta sensación de seguridad, aunque no vaya a servir de mucho o no exista peligro aparente.  No me avergüenza. Sé que soy así.

Y con aquel pequeño ritual me dispuse a pasar la noche, como tantas otras veces en la montaña.

Pero aquella vez estaba siendo diferente.

No conseguía relajarme.

El cansancio debería haberme vencido, pero algo me mantenía despierto.

Permanecí inmóvil y escuché.

Las hojas de los árboles acomodándose al viento. Alguna rama crujiendo bajo el peso de un pequeño animal. Quizá un ratón de campo. La sinfonía habitual de la noche.

Nada extraño. Nada fuera de lo normal. Sin embargo salí del saco y encendí la linterna barriendo la oscuridad con el haz de luz.

Nada extraño. Nada fuera de lo normal. Me metí de nuevo en el saco, apagué la linterna y cerré los ojos.

Lo intenté. No pude.

Algo dentro de mí susurraba que no debía estar allí.

No era un pensamiento racional. Ni siquiera era exactamente miedo, era algo más primitivo, una alerta.

Una incomodidad sin causa que, sin embargo, crecía.

Me resultaba absurdo.

Aquel era un lugar conocido. No había animales peligrosos que yo supiera. Ya había dormido en sitios parecidos, incluso en lugares mucho más expuestos.

¿Por qué aquella vez era diferente?
¿Qué me estaba provocando aquella extraña sensación?
¿Por qué sentía que debía marcharme?

Empecé a enfadarme conmigo mismo.

Me parecía ridículo no ser capaz de controlar una sensación cuando no había nada objetivo que la provocara. Intenté racionalizarla, convencerme de que todo estaba en mi cabeza, obligarme a cerrar los ojos y dormir.

Pero fue inútil.

Cuanto más intentaba relajarme, más fuerte se hacía la necesidad de abandonar aquel lugar.

Hasta que dejó de ser un pensamiento y se convirtió en algo físico.

Algo tangible que se instaló en la boca del estómago y comenzó a apretarme como un nudo.

No debía estar allí.

La sensación apareció de nuevo pero esta vez no como una idea, sino como una certeza.

Lo que iba a ser una noche reparadora y el comienzo de un día perfecto se convirtió en una huida.

Habría debido sentir algo de vergüenza por mi propia cobardía, pero había otra sensación mucho más poderosa que lo ocupaba todo.

Era miedo.

Y fue el miedo el que me hizo salir del saco, navaja en mano y linterna encendida, para recoger a toda prisa y marcharme de allí con el rabo entre las piernas.

Bajé tan deprisa que a punto estuve de acabar rodando por la pendiente.

No miré atrás. No sabía de qué huía. Solo sabía que tenía que alejarme.

Y no me liberé de aquella sensación hasta llegar a Canto Cochino y alcanzar el coche.

Cerré las puertas, me senté y respiré. Nada había ocurrido. Nada podía demostrar que allí arriba hubiera existido peligro alguno. Y, sin embargo, yo sabía lo que había sentido.

Aquella noche dormí en el coche. O intenté hacerlo entre sueños rotos y pesadillas.

Jamás he vuelto al mirador.

En La Pedriza he sentido miedo muchas veces.

Miedos lógicos.

El miedo a perderme cuando la niebla se instala y borra cualquier referencia en una senda desconocida.

El miedo a lesionarme después de dar un mal paso cuando todavía queda mucho camino hasta Canto Cochino.

El miedo a enriscarme por haber trepado alguna roca sin haberme asegurado antes de que existía una salida.

Son miedos normales.

Compañeros inevitables de cualquier ruta. Miedos que hablan, que avisan y que, bien entendidos, son buenos consejeros.

Esos miedos los conozco y los respeto.

Incluso, con el tiempo, he aprendido a convivir con ellos.

Pero aquello fue diferente.

Solo estaba yo y aquel miedo.

Jamás volveré al mirador.

No porque piense que voy a sentir de nuevo ese miedo irracional —probablemente no sería así—, ni porque crea que fue una advertencia —probablemente solo estuvo en mi mente—.

No he vuelto y no volveré porque aquella noche me dejó una sensación difícil de explicar: la de que existen momentos en los que algo dentro de nosotros sabe que debemos marcharnos antes de que nuestra razón sea capaz de entender por qué.

Quizá solo fue cansancio.
Quizá mi imaginación decidió construir un peligro donde no existía ninguno.

Pero hay cosas que no necesitan ser ciertas para quedarse con nosotros.

Algunas veces, cuando pienso en aquella noche, todavía recuerdo la oscuridad, la linterna iluminando unas piedras que no escondían nada y aquella sensación inexplicable apretándome el estómago.

Algunas veces, cuando pienso en aquella noche, siento que existe algo poderoso que no podemos ver ni comprender, que nos dice cuándo no estamos en el lugar y el momento adecuados.

Ese lugar y ese momento no volverán a repetirse, lo sé.

Seguramente cualquier otra noche podría volver y dormir a pierna suelta sin mayor problema, pero como bien dice el refrán:

gato escaldado, del agua fría huye.


El Mogote de los Suicidas es uno de los monolitos más icónicos de La Pedriza, una aguja de granito de silueta inconfundible que se eleva de forma aislada sobre el caos de bloques que la rodea. Su perfil estilizado, rematado por una característica “cabeza” inclinada, lo convierte en una de las formaciones más fotogénicas y reconocibles.

El Mogote surge entre placas pulidas y apilamientos graníticos, dominando visualmente todo su entorno. Desde su base, la vista se abre hacia la Pedriza anterior y el valle, ofreciendo una sensación de verticalidad y exposición muy marcada, especialmente en días despejados donde la luz resalta los volúmenes y texturas de la roca.

Su cima, inaccesible a pie, sólo puede alcanzarse mediante escalada, siendo una ascensión clásica dentro de la zona. El descenso se realiza mediante rápel, lo que añade un componente técnico y aventurero a una formación que transmite una gran presencia.

Como Llegar, Ruta y Acceso: El acceso al Mogote de los Suicidas permite además recorrer algunos de los parajes más representativos de La Pedriza. La ruta más habitual parte desde el entorno del Refugio Giner de los Ríos, pasando por el Tolmo, el Collado de la Dehesilla y la Pradera de Navajuélos, en un itinerario muy completo tanto a nivel paisajístico como montañero.

Entorno y fotografía: El Mogote de los Suicidas no sólo es un objetivo para escaladores, sino también un enclave de gran interés para senderistas y fotógrafos, que encuentran en su silueta y en su entorno uno de los mejores ejemplos del modelado granítico de La Pedriza.